Archive for January, 2008

Serie III. CapII. – La familia

Roberto lo vio bajarse del autobús como todos los días, siempre la misma rutina. Bajarse del autobús a las 7 o 7.30 dependiendo del autobús que elija, caminar hasta su casa y encerrarse toda la noche. Lo había visto hacer eso durante los últimos 5 meses. Presa Fácil.

« Te voy a atrapar maldito »


Roberto Martínez era fuerte, era muy fuerte. Su trabajo era acarrear materiales de construcción en camiones. Arena, cemento, piedra, ladrillos, tejas… todo lo que su jefe decidiera aceptar. Llevaba 2 años en ese trabajo y su condición física había mejorado muy rápido. Sus músculos, a pesar de no haber crecido se habían vuelto de hierro. En todo caso no hacía falta que crecieran mas. Eran enormes. Levantaba con suma facilidad las 200 libras de las bolsas de cemento y a veces pasaba todo el día en eso. Ocho horas que ya no le molían el cuerpo.

— Rob, que vas a hacer hoy? – Preguntó El Gusano. (A Juan le decían EL Gusano, desde el día en que su novia se molestó con él y le dio un tremendo puntapié en los genitales, que lo mandó al suelo… y lo único que se le ocurrió fue retorcerse y arrastrase hacia ella, quien sabe con que intención)

— Nada. Hoy me voy a casa.

— Como quieras. Pero te la vas a perder. Es viernes y tenemos salida.

— Paso.

El Gusano se había ido con otros 4 (Emilio, Gilberto, Ernesto y Salvador) y Rob sabía perfectamente donde estarían hasta las 12 o una de la mañana. Paraíso Nocturno. Que momentos los que había pasado allí los últimos meses. Gastando sus pocos ingresos en prostitutas baratas, a fin de cuentas es lo único que podía pagar, sino fuera así habría ido a parar a Dragón Rojo o al LIPS… lugares mucho mejores.

Hoy tenía otros planes….

Tres veces por semana se dedicaba a vigilar a Miguel, a aprender su rutina y a buscar la forma de tomar venganza. En ese momento apreció la sabiduría de Mario Puzo en la boca de Don Corleone. “La venganza es un plato que sabe mejor cuando se sirve frío”.

«Maldito bastardo. Odio la comida fría»

Cinco meses han pasado y ya no soporta más. Aun recuerda las huellas de sangre derramadas en la sala, que parecían lagrimas rojas de una virgen milagrosa. Se despertaba en la madrugada con la mano sujetando un cuchillo imaginario embarrado de sangre fresca. Aun ve a su hermana tirada en el piso de la habitación moribunda, blanca como la nieve y apenas respirando. El vidrio romperse. Y esa única palabra que pronunció justo antes de relajarse por completo.


— Miguel…. Miguel…

La ambulancia llego demasiado tarde y la policía lo archivo para siempre como suicidio y no hubo nada que Roberto pudiera hacer. Excepto vengarse.

Este día los recuerdos habían estado mas presentes que nunca y eso había encendido aun más esa chispa que le impulsaba a seguirlo a menudo. Hoy había que vigilarlo y así lo hizo. Puntual a las 6:50 ya estaba esperando, suficientemente lejos para que no lo vieran y tan cerca para poder ver. Mientras esperaba sentado tranquilamente, simulando esperar a alguien, por la impaciencia que mostraba cualquiera pensaría que a una mujer, viendo su reloj y fue entonces, cuando paso una jovencita con su cabello negro, sus jeans ajustados, sus ojos inocentes y su caminar despreocupado, que se decidió.

«Hoy te toca maldito. Hoy te toca»

El pensamiento surgió sin rabia, era solamente algo que tenía que hacer y lo iba a disfrutar muchísimo. Nada de armas de fuego. Iba a ser lo mas personal posible, tendría que sangrar como sangró su hermana. Iba a ser hoy.

A las 7:45 empezó a creer que algo andaba mal, en 5 meses solo una vez llegó tarde Miguel y traía la mano vendada.

«Tiene que ser hoy, hoy» — Roberto intentaba convencerse.

El camino que lleva a la casa de Miguel era muy oscuro, muy solitario. Era perfecto. Nunca lo había seguido allí, era demasiado arriesgado. A pesar de que Miguel no lo conocía, algo se podía oler al ver a alguien detrás de él, de cualquier manera tenía muy buena memoria visual.


Cuando faltaban cinco minutos para las ocho de la noche se bajó del autobús y en ese momento fue cuando se convenció del todo, por un momento el deseo intenso de saltar sobre él, rebanarle el cuello y clavarle su navaja una y otra vez hasta que dejara de respirar, lo rodeo como serpiente ahogando a su presa. Le faltaba el aire y el pecho le brincaba como si tuviera una pelota de basketball rebotando dentro de sí. Nunca había dañado a nadie, pero hoy no pensaba en otra cosa.


El verlo le trajo todos los recuerdo a su cabeza.


18/08/2004

Graciela era una mujer de 22 años, hermosa, ojos oscuros y brillantes, piel blanca y tersa, muy bonita figura aunque tenía, según ella, muchas libras de más. La idea de todas las mujeres.


Roberto nunca supo desde cuando ella conocía a Miguel, solo supo que existía después de su muerte. Toda la vida vivieron con su tía. Ella había muerto al ser arrollada por una bicicleta al venir del mercado. Hace 10 años. Desde entonces él fue responsable por ella. Roberto tenía 28 años.


Aquel día él había salido a trabajar como siempre. Ella se quedaba sola, sus estudios de secretariado ya habían acabado y estaba buscando empleo, sin encontrarlo. En este mundo hace falta tener muchos amigos que te echen la mano y ellos tenían muy pocos. El resto solo quería aprovecharse de ella. Era viernes y este día siempre lo descansaba.


Roberto sabía que veía a alguien, a veces encontraba mas platos sucios de lo normal, cacerolas usadas y dos vasos sucios. Le parecía curioso, pero había aprendido a vivir y dejar vivir. No quería que ella se sintiera controlada por él, realmente la quería y habían conversado bastante como para que ella tomara una buena decisión acerca de con quien le convenía o no entablar amistad. Eso no le preocupaba.


Ese día había sido duro. Al regresar a su casa solo quería coger una cerveza del refrigerador y ver televisión. Siempre había alguna pelea o algún partido de football en el cable. No aguantaba por llegar.


La puerta estaba cerrada como siempre y hasta ahora venía mas distraído pensando que haría el día siguiente. Creía que ya necesitaban un cambio de aires y que irían a la playa a divertirse. Su amigo Salvador tenía vehiculo (un Toyota 1000 año 81) y creía que podía convencerlo.


Su costumbre era entrar sin decir nada y buscar a su hermana quien no tenía un lugar fijo a esa hora, odiaba la televisión así que era muy raro encontrarla viéndola. La televisión estaba encendida y nadie la veía. A Roberto le pareció raro y el primer señal de alerta se disparó y sus palpitaciones aumentaron tan solo un poco y su temperatura bajo otro tanto. Apenas se percató de ello.


Ignorando la alarma se caminó a la cocina y mientras se dirigía hacia allí, a su nariz llego un olor dulzón que no supo reconocer concientemente, pero la segunda señal de alarma se disparó, esta vez el corazón no respondió y la temperatura se mantuvo. El subconsciente no estaba seguro pero creía que era…


Abriendo el refrigerador se encontró con que no había cerveza.


— Maldición. Lo que me faltaba – masculló Roberto para si mismo.


Buscó una Coca-Cola y la botella retornable de 2 litros yacía el fondo esperando que la devoraran, cogió un vaso sucio y lo enjuago en el lavadero. Lo seco contra su camisa y vació un poco de la bebida. Estaba muy helada. La bebió casi por completo de un sorbo. Sus ojos recorrieron la cocina y todo parecía estar en orden, excepto los vasos, los platos y cubiertos. Había demasiados sucios.


« Visitas otra vez, tengo que averiguar quien es »


No sospechaba de nadie. Su hermana había sido muy cuidadosa guardando el secreto y él no tenía intenciones de preguntárselo, pero ese día había surgido la idea, viniendo quizás de las dos alarmas que se encendieron en su cabeza. Algo en esa relación le preocupaba.


— Grace, ¿Dónde estás? – decía Roberto mientras salía de la cocina, bebía el resto de la Coca-Cola y se dirigía a su recamara a quitarse los zapatos y la camisa.


Entonces las vio. Gotas de sangre ¡No! Chorros de sangre. Múltiples gotitas que había caído una sobre otra hasta hacer una mancha muy grande de color rojo oscuro. Roberto se petrificó y miró con ojos abiertos de par en par y la alarma final se disparó con su color rojo sangre encendiéndose y apagándose como luz de patrulla de caminos. Pasaron unos segundos eternos que Roberto no olvidaría jamás. Quizás fueron minutos.


Pensó mil cosas en un milisegundo y su corazón latió un número igual de veces. Su cuerpo estaba congelado y una brisa que venía de ningún lado lo despertó lo suficiente como para mover al cabeza y observar que se dirigía hacía la recamara de Graciela. Entonces reaccionó. Con sumo cuidado movió un pie tras otro dedicándole toda su atención a esta acción como si solo tuviera ese miembro. El vaso aun estaba en su mano. Se había olvidado de el y parecía como si se hubiera fundido a su mano, lo sujetaba con mas fuerza de la necesaria y temblaba justo como él.

Al llegar a la puerta y ver el pomo cubierto de sangre, casi agradeció a Dios que la puerta estuviera entreabierta. No quería tocarlo. Su respiración había aumentado a 40 respiraciones por minuto y su cabeza había empezado a palpitar al mismo ritmo de su corazón.


«Dios… ¿Qué es esto? »


Quizás ese fue su último pensamiento cuerdo. Empujo la puerta y la vio. Yacía boca abajo, desangrándose por sus muñecas y su blancura contrastaba con la sangre que la rodeaba. Llevaba unos shorts que dejaban ver sus piernas torneadas y hermosas… y blancas como papel. El vaso se deslizó de su mano y se hizo añicos contra el suelo. El sonido lo despertó esta vez.

De un salto llegó hasta ella, tomándola de sus hombros y dándole vuelta, se oía su respiración débil y dificultosa. Estaba muriendo.


— ¡Grace! ¡Grace! – Gritaba Roberto — ¡Maldita sea! ¿Por qué Grace!


La sacudió un par de veces para que reaccionara y aun no se daba cuenta que debía detener la hemorragia.


— ¡Despierta Grace! ¡Vamos no lo hagas! – decía con voz casi molesta.

— ¡Despierta! ¡Despierta!

— Mi….. Mi.. Miguel… – susurró Graciela.

— ¿Qué?

— Miguel….


Reaccionó. Corrió a la cama y cogió una toalla y una funda de almohada para detener la hemorragia y sin verla a la cara, amarró una en cada muñeca lo mas fuerte que pudo. Sus miembros estaban flácidos y helados.


Volvió a su rostro y le habló de nuevo.


— ¡Grace! Vamos…


No hubo respuesta y lo supo. En ese momento lo supo. No se salvaría. Saltó sobre ella y corrió al teléfono. Llamó a la ambulancia que tardó 7 minutos en llegar. Una eternidad para la mente de Roberto que estuvo con ella todo el tiempo, sin poder hacer nada mas que apretar y esperar.


Cuando los médicos la revisaron dieron un rápido veredicto. Muerta.


Roberto empezó a caminar hacia Miguel con aire decidido cuando por primera vez escucho la voz de su hermana.


«No lo hagas»


Se sobresaltó y se detuvo a mitad de la calle.


« ¿Qué demonios fue eso? »

« No le hagas daño »


Tuvo miedo. Su hermana hablándole. No podía ser. Ella estaba muerta y el responsable estaba a 20 metros de él. Ese temor momentáneo le sirvió para darse cuenta de algo. Miguel no se dirigía hacia su casa… iba hacia el pueblo.

El miedo renació, pero por otra causa. Y retrocedió.


« ¿A dónde vas maldito?… ¿A dónde vas? »


Pensó en seguirlo, pero desistió, a fin de cuentas tenía que volver y pasar por esa calle, TENIA QUE PASAR POR ESA CALLE.


19/08/2004

El alumbrado público ya estaba funcionando y el lugar donde se había detenido no parecía brindar suficiente protección de los curiosos, así que decidió caminar un poco hacía la casa de Miguel. Solo un poco. Solo hasta donde ya no hay alumbrado público. Y esperar….


Y sí esperó… fueron 128 minutos largos y tortuosos. El viento y el frío se lo comía vivo. En este momento deseaba tener un grueso abrigo como el de los esquimales. Pero no era así. Deseo que hubiera alguien esperándolo en su hogar. Pero tampoco era así. Deseo estar en otro lugar. Pero estaba allí.


Graciela le decía que tenía la capacidad para estar en el lugar justo en el momento equivocado y así era. Un día al volver del trabajo, decidió caminar las 15 cuadras que lo separaban del hogar, solo para encontrarse con el asalto a un hombre a las 4 cuadras, al principio no creyó que fuera algo parecido, pero cuando el asaltante se precipitó sobre el anciano dándole un golpe en la cabeza y lanzándolo al suelo, entendió. En ese momento el sujeto, que parecía la sombra de algún árbol, lo vio y alzó la mano para dispararle sin causa aparente. Solo porque pasaba por allí. Roberto corrió y corrió, oyó 3 disparos y uno le pasó rozando la oreja sin llegar a tocarlo y el tibio resultado se dejo sentir entre las piernas. No paró de correr hasta llegar a casa. Graciela no estaba y le dio gracias a Dios por eso. No quería que lo viera así, se baño y se tomo 5 cervezas antes que ella llegará, pero pareciera que aun seguía blanco porque ella lo notó.


— Hola Robbie… llegaste temprano.

— Si, si… es que… cancelaron el último viaje.

— ahhh – dijo ella mientras se dirigía a la cocina – Robbie, ¿te acabaste el six pack?

— Si, tenía sed – dijo él mientras veía a su hermana poniéndose frente a él sosteniendo el plástico que unía las seis latas.

— No deberías be…. ¿Qué te pasa?

— Nada… nada… solo un pequeño problema – respondió sin dejar de ver la televisión para que no viera que sus ojos casi se llenaban de lagrimas. Estaba asustado. Nunca le habían disparado.

Se lo contó, lo mejor que pudo, sin sollozar; omitiendo claro el hecho de que se orino en los pantalones y que lloró mientras tomaba su ducha.


— Espero que esa mala suerte no sea cosa de familiar – le había dicho, acercando su cabeza a su pecho para consolarlo.

— No, espero que no.


« Me quería… realmente me quería »


Pero al parecer la mala suerte sí siguió a la familia. Y todo por Miguel.


No tardó mucho en averiguar a quien estaba viendo su hermana, ni en saber que la visitaba muy a menudo en casa y que pasaba allí largas horas. Roberto podía imaginarse perfectamente bien que es lo que pasaba en la recamara de su hermana… o en el baño… o en la sala… quizás hasta en su recamara.


Los vecinos habían visto al joven, aunque nadie dijo nada a la policía. Pero a Roberto sí. Averiguó donde vivía a la semana y la siguiente ya sabía donde trabajaba y a que horas salía. Era mecánico. Un muy mal mecánico.


Su hermana lo había conocido un día que llegó a buscar trabajo en un despacho contable que estaba a 5 casas del taller, sin resultados, claro. Ella había ido a almorzar al comedor que estaba frente al taller y allí estaba Miguel, sucio y desaliñado. Roberto nunca averiguó que le atrajo de ese tipejo débil y estúpido.


Ella se enamoró. Y cedió. El se aprovechó y no quiso hacerse responsable de sus actos. Su hermana estaba embarazada de dos meses. Eso se lo dijo el forense.


Al oírlo, en su piel se mezcló el calor de la rabia con el frío del espanto. Por un momento se olvidó que el sabía que había alguien, pero lo recordó y entonces entendió todo. Su hermana estaba embarazada, se lo había dicho al donador de esperma y el muy bastardo la había rechazado, ella no lo soportó y se suicidó. Y él había sido tan ciego que no se dio cuenta de lo que estaba pasando a su hermana. Quizás había visto un destello de preocupación en sus ojos mientras servía la cena, quizás los ojos un poco rojos por lo mañana después de llorar por la noche, quizás no se había dado cuenta de nada.


Y las lágrimas fluyeron. Allí agazapado en la oscuridad y en silencio lloró, como si fuera un chiquillo que amenazan para que deje de llorar, y el viento y el frío se dedicaban a disfrutar el roce con ese tibio líquido que surgía de sus ojos. Parecía como si las ráfagas se dirigieran a ese punto para disfrutar cada gota, para beberla y rociarla por todas partes. Viento Maldito.


Sus lágrimas dejaron de fluir antes que Miguel apareciera a 190 metros por la carretera. Era él. Ya había pasado muchas personas por esa calle y quizás lo mas que pensaron fue que un borracho se había caído al lado de la calle y curiosamente ni un solo vehiculo pasó en todo el tiempo que estuvo allí. Roberto se encomendó a Dios.


« En el Nombre de Dios que todo salga bien »


Roberto sonrió. Pedirle a Dios que le ayude a matar a alguien. Eso si es divertido.


Fueron las últimas luces las que le permitieron distinguir a Miguel, después de ese foco, ya no había más. Se tiro al piso y esperó. Fueron 3 muy largos minutos de palpitaciones fuertes y de sudor helado.


Se imaginó voló de nuevo pero hoy se imaginó saliendo de la penumbra de un salto, cogiéndolo del cuello son su antebrazo como roble y clavándole la navaja justo en el estómago, dejando que la sangre purificara la hoja afilada de su navaja. Cuando tomó la decisión de acabar con la vida de Miguel, se le ocurrió por un momento usar el mismo cuchillo que uso su hermana, pero desistió. No quería que se mezclara nada de ese tipo con su hermana.


Lo vio. Era solo una sombra, pero no cabía duda que era él. Estaba justo enfrente, a no más de un metro y medio, absorto en sus pensamientos supuso Roberto. Sus ojos se habían acostumbrado tanto a la oscuridad para ese momento que casi podía distinguir su rostro, su camisa casual y hasta creía que sonreía. Roberto si sonrió. Se puso de pie y comenzó a imaginarse muy divertido que el “tipejo idiota” no tenía ni idea de lo que le esperaba. Una carcajada se abría paso a través de su garganta para salir a borbollones por su boca, él intentó detenerla pero solo consiguió atragantarse, se agacho queriendo controlarse y en ese momento tosió una vez. En la oscuridad de la noche, el sonido pareció provocar un eco que para Roberto pareció eterno.


« Maldita sea. Ya sabe que estoy aquí »

Irguió su cabeza y amagó el primer paso, justo en el momento en que dos siluetas pasaban junto a él…


« Maldición, maldición, maldición »


pero no lo vieron. La navaja ya estaba en la mano de Roberto y dio gracias a Dios por no dejar que la luna brillara esa noche. Estaba muy nublado.

Se adelantó unos pasos detrás de los dos sujetos, manteniendo la distancia e intentando no hacer ruido, manteniéndose siempre oculto a las sombras de la orilla de la calle. Avanzó un poco más y escuchó la voz de una mujer y el odio subió dos puntos más en su odiometro… si es que podía subir más.


« No lo volverás a hacer, tengo que detenerte »


En ese momento Roberto se sintió como un héroe, de esos de los comics…


« SuperRob, defensor de la inocentes mujeres y vengador de los suicidios »


Una risa nerviosa quiso escaparse esta vez, pero lo contuvo con mucho más éxito que la anterior.


— … veo después. Cuídate. – dijo la voz femenina.

— Adiós – dijo la voz de un hombre que no reconoció.


Se quedó quieto, como león al acecho y esperó a que pasaran.


— Me gusta – susurro la mujer a su acompañante que desde donde estaba parecía realmente grande.

— A mi no – respondió el tipo

— Celoso – dijo la chica, era una chica… no tenía voz de mujer aun.


Roberto vio como una sombra se acercaba a la otra y parecían fundirse en una sola, seguramente lo abrazaba.


« Es su hermano »


Se dio cuenta que realmente se sentía SuperRob, defensor de las inocentes mujeres y vengador de los suicidios. Esta chica podía sufrir la suerte de su hermana. Se vio reflejado en esa pareja de hermanos que caminaban por la calle, ajenos al destino que les esperaba si cruzaban su camino con ese “tipejo idiota” con el que acababan de hablar.


« No puedo esperar mas »


Salió con decisión de su escondite y empezó a caminar, sin importarle el ruido que hacía sus pasos.


« Escucha maldito, voy tras de ti y no hay nada que puedas hacer. Ni siquiera lo imaginas»


La presa, el “tipejo idiota”, estaba a unos metros de él y una luz colgada en la parte exterior de una casa se acercaba a él. No era el momento. El lugar no era perfecto. Se encontraba en la orilla de una calle que parecía pavimentada no hace mucho y estaba flanqueada por dos paredones de tierra de unos 3 metros de altura y la única casa por esa zona era la que estaba a punto de alcanzar. Después de eso…nada. Decidió esperar.


24/08/2004

Miguel llegó a la luz y fue posible verlo claramente, parecía que caminaba por la orilla de la calle de manera distraída y que atravesaba el rayo como un fantasma. Lo perdió de vista por un momento. Roberto caminó acercándose y a escasos 4 metros del haz de luz…


« ¡No! »


La voz de su hermana le golpeó con tal fuerza su corazón que tuvo que detenerse de golpe


« Robbie, no lo hagas »


Dudando de su cordura Roberto intentó responderle.


« El te hizo daño… tengo que hacerle lo mismo »

« El no lo hizo, lo hice yo Robbie »


La voz mental parecía entonar con un ritmo melodioso las frases. Para Roberto era angustiosamente relajante.


« ¡No! Fue él, fue él. El tuvo la culpa, si hubiera sido hombre nada de esto hubiera pasado. Estarías aún conmigo »

« ¿Estás seguro Robbie?


Roberto no pensó en la respuesta. No estaba seguro en absoluto, pero si estaba seguro que las cosas serían diferentes. Aún seguiría teniendo a su hermana junto a él. Una sensación le decía que de todas maneras habría perdido a su hermana, se habría ido a otro lugar, pero eso no era perderla para siempre. Eso no era eterno. Se imaginó, mientras los segundos avanzaban rápidamente, sosteniendo a un precioso bebe con la piel suave y unos escasos cabellos, unos ojos inocentes y de color miel que no importaba que se oscureciera con los años, sus minúsculos dedos moviéndose y la expresión de felicidad cuando le hacía cosquillas. Él sabía que habría sido un maravilloso tío, ¡maldita sea! Sería un padre para él.


« ¿Estás seguro Robbie? »

« ¡Cállate! ¡Cállate! »

Se cubrió los oídos en un intento de alejar la voz, pero era imposible. Para este momento el odiometro había cedido un par de puntos al miedometro, empezaba a pensar si no se habría vuelto loco con la obsesiva idea de la venganza.


« ¿Estás seguro Robbie?…¿Estas seguro? »

« ¡Déjame! »

« Robbie, ¿Estás seguro? »

« ¡Cállate! »

« ¿Estás seguro Robbie? ¿Lo estás? »

« ¡SIII! ¡Maldita sea! ¡Si estoy seguro!, Ese maldito bastardo te mató, ¡TE MATÓ! »


El pensamiento se alejó haciendo eco y a voz se calló. Sintió que había exorcisado sus demonios y que la voz que escuchaba no era más que su conciencia intentando detenerlo. ¿Para qué? Aún con todo el odio que envolvía el corazón de Roberto, no estaba completamente seguro que lo que estaba intentando hacer era lo correcto. ¿Por qué tenía que suicidarse? Esa era la pregunta que se hacía Roberto desde hace 5 meses, él la habría ayudado y nunca la habría dejado sola, ¿Por qué? La respuesta no vino de su conciencia, vino de un lugar oscuro que ya había explorado muchas veces, pero, al igual que su alma, no sabía donde estaba ubicado, pero la sensación nació en sus entrañas, subió por espina dorsal y llegó a su cerebro…


« Por él »


El odiometro no solo recupero los puntos perdidos, sino que le sumó uno más debido a la rabia de que se le escapara y eso fue suficiente. Los segundos habían pasado durante la conversación consigo mismo y cuando empezó a moverse de nuevo, atravesando la luz, se dio cuenta que Miguel ya no estaba a la vista. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un minuto? ¿Diez?


« Maldito seas, no te me vas a escapar »


No vaciló ni un segundo y empezó a correr como si tras él viniera una jauría de lobos hambrienta, quizás mas rápido. Devoró los metros a velocidad sorprendente, hasta se imaginó ganando los 100 metros planos en las olimpiadas. ¡Que va! Incluso ganaba los 400.


« Y el ganador es, con nuevo record mundial… Roberto, defensor de las inocentes mujeres y vengador de los suicidios »


La luz de la casa de Miguel estaba encendida y lanzaba los rayos a la calle que dibujaba formas retorcidas que se movían siguiendo el capricho o las ordenes del viento. Se unían y se separaban en una danza macabra que parecía ocupar la calle. Por un momento creyó que Miguel había llegado hace horas a su casa y hasta había encendido las luces exteriores, pero no disminuyó su velocidad. Cuando ese vals de sombras estuvo mucho mas cerca, escuchó la explosión de unos pasos al iniciar una huida.


« Sigues aquí »


Corrió aún más rápido. Los segundos pasaron como escenas de películas recortadas. Miguel apareciendo en la luz corriendo hacia la entrada. El sonido del portón al ser arrojado a su lugar. La silueta de Miguel moviéndose a toda velocidad corriendo hacia arriba. El tropezón con alguna hoja y Roberto chocando contra el portón y volviéndolo a la velocidad real.


« Demonios »


No había perdido más de medio segundo, pero le dolió perderlo tanto como fallar al número ganador de la lotería por un número… correlativo. Tiró del portón con toda su furia abriéndolo de par en par y acelerando tanto como sus piernas podían, su condición física era excelente y a pesar de la apresurada carrera respiraba casi normalmente y la diferencia no era por el cansancio, era por la rabia. En el momento en que llegó a la cima logró ver que Miguel lograba abrir la puerta, la empujaba y cuando lograba hacer desaparecer su cuerpo tras de ella Roberto estaba a 2 pasos y no intentó detenerse. La idea inconciente era golpear con su cuerpo la puerta y lanzar a Miguel hacía atrás y entonces estaría perdido. Pero no fue así. Al estar a escasos 20 centímetros de la puerta y estar corriendo a toda velocidad, escuchó el sonido sordo de la puerta metálica casando la cerradura y casi de inmediato como las barras de metal crujían ante el descomunal golpe que recibía al chocar un cuerpo humano contra ella. Apenas rebotó, y el dolor fue intenso, creyó que se había dislocado el hombro o se había roto algún hueso, pero no dejo escapar ni el más mínimo gemido. Caminó hacía la izquierda de la puerta sobándose el brazo y agachándose y fijando su atención en sus zapatos cafés de hace dos años para distraer la atención. Después de unos segundos logró mover el brazo y se sintió aliviado de no tenerlo dislocado o roto, aunque no quiso imaginarse la mancha morada que tendría al día siguiente.


Se irguió y caminó frente a la puerta hacia la derecha, con más odio aun (si es que podía sentirlo), mirándola fijamente como si ella fuera la causante de todos sus pesares. Pero lo que hacía era imaginarse a Miguel escondido temblando bajo sus sabanas y la idea le pareció divertida. Sonrió.


« Estás cagado de miedo… y eso nadie te lo quitará »


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Serie III. Cap. I – A Casa

La noche estaba muy oscura, a la luna se le había hecho imposible mostrar su luz por las nubes que la ocultaban y el viento era insoportablemente fuerte, áspero y acido. Miguel cruzaba la calle después de bajarse del autobús que lo traía a casa cada noche desde hace 6 meses, después de trabajar 8 horas en el taller mecánico. El frió le calaba los huesos, era noviembre y el viento no dejaba un minuto sin soplar y el clima típico de esa época, helado, penetrante y espectacularmente delicioso para el gusto de miguel. El frió le encantaba.

 

Era temprano y no tenía nada que hacer, no tenia nada que cenar y nada que ver en la televisión excepto esos estúpidos “reality shows” que se habían puesto tan de moda y que era lo único que podía ver a esa hora. No tenía televisión por cable. Así que decidió dar una vuelta y de paso buscar un lugar para cenar. Vivía solo.

 

Caminó alrededor de unas 5 cuadras en donde encontró muchos lugares que le traían recuerdos de su infancia y juventud. La tienda donde compraba sus helados favoritos, el parque donde se cayó y golpeó la cabeza y la casa de su amigo Jaime, vaya momentos que había pasado allí, ese era su escondite favorito pues siempre tenia un lugar disponible para pasar un “momento agradable” con cualquier chica que lograra conquistar. Él era su amigo, lastima que dejó de verlo hace tanto por haberse mudado.

 

«Donde estará» — pensó Miguel distraídamente.

 

Las fachadas de las casas se deslizaron una tras otra y si le dedicara un tiempo estaba seguro que recordaría una historia sobre cada una de ellas. A pesar de la hora saludaba de vez en cuando a algún rostro que le pareciera familiar sin mucho afán desde luego, nunca había sido tan amistoso, su naturaleza no era así. Sus últimos 7 años de camino no le habían dado muy buenos recuerdos que digamos.

 

–Adios…. Que milagro…. Cuidese. — respondía Miguel a quien le saludaba — ¿Como ha estado? Me alegro. — Se sentía hipócrita.

 

«Que mas da, Ojos que no ven corazón que no siente… ellos se la creen»

 

Terminó pasando 2 horas conversando con una vieja amiga en un comedor muy humilde pero muy limpio y lo mejor de todos es que encontró alguien con quien conversar. Era Melissa. Una muy agraciada ex-compañera de él en la escuela primaria.

 

«No se como me acuerdo, fue hace mucho»

 

La conversación fue amena y como suele suceder en los casos de reencuentro -hacia 5 años que no la veía, estaba en el extranjero– se dedicaron prácticamente a recordar viejos tiempos y hasta, con el afán de conquistarla, terminó diciéndole que en ese entonces él la encontraba muy linda….

 

«Aunque aun estas muy buena»

 

… y que hasta pensaba estaba enamorado de ella. Ella sonrió y cambió el tema.

 

— Eres un mentiroso, ya me han contado como eres. – había respondido a la insinuación.

 

«Rayos… se la adivinó»

 

— Puras mentiras, si yo soy un santo. – le decía mientras dibujaba una sonrisa de culpabilidad en el rostro. Nadie que estuviera atento a su rostro le creería eso.

 

Se despidió -con un beso en la mejilla-…

 

«Ja… ten por seguro que me tendrás aquí de nuevo… a que caes»

 

… y se dirigió a casa. Estaba un poco lejos -kilómetro y medio mas o menos- pero tenía todo el tiempo del mundo… aunque…

 

«¡Ya son las 10!. Tengo que madrugar mañana»

 

Se apresuró, no le convenía andar a esas horas por la calle, esa idea se la había metido en la cabeza sus padres. Toda la vida le había dicho que andar en la calle de noche era muy peligroso y en más de una ocasión le había tocado pagar las consecuencias por su desobediencia. Así se aprendía en la casa Soto. Sus padres habían muerto hace 3 años. Fue un accidente de autos… horrible. Le habían llamado al día siguiente y estaba solo en casa como siempre. Sus dos hermanos mayores hace tiempo habían dejado el nido. Carlos hace 8 y Nelson hace 5. Sus padres habían salido a cenar y por culpa de la lluvia cuando regresaban había terminado en el fondo de un río, después de caer de un puente, nadie lo noto hasta la madrugada siguiente y ya era muy tarde. El auto quedo hecho añicos, aun cuando los hubiesen encontrado antes habría sido en vano. Miguel estuvo muy tranquilo todo el tiempo, no así sus hermanos, hasta dos semanas después cuando no dejo de llorar todas las noches por tres semanas. Fue duro.

 

Siempre recordaba todos los consejos de su padre mientras caminaba de noche. “La noche tiene peligros especiales, no ande de noche buscando lo que no se la ha perdido”.

 

«Ahh mi papá, lo extraño»

 

Ya había avanzado un tercio del camino y las luces empezaban a escasear de aquí en adelante el camino era oscuro, aunque lo había recorrido mil veces desde las 9 de la noche hasta las 4 de la madrugada y nunca había pasado nada… al menos no en esta calle, pero esta noche era diferente.

 

Cuando había dejado atrás unos 200 metros la ultima luz, escuchó al alguien toser atrás suyo unos 10 metros quizás… quizás menos y tuvo la sensación que reía. Le llamó la atención pues no se había percatado desde que momento esta persona estaba detrás de él, especialmente porque siempre estaba muy atento cuando caminaba de noche, era valiente pero no descuidado. Puso atención unos segundos y después lo dejo para pensar en otras cosas, lo cual tampoco duro mucho pues se dedico a su pasatiempo favorita en las noches de camino a casa: buscar estrellas. En un lugar sin luces artificiales las estrellas se ven maravillosas y eso le encantaba.

 

«Condenadas nubes. No me dejan ver nada»

 

Y estaba mas oscuro aun, prácticamente no podía verse ni siquiera sus pies y el frío se había vuelto mas sólido y chillante, el viento daba en la cara y cortaba los labios como cuchillos afilados y por mas que los relamiera peor se ponía.

 

Y los pasos se escucharon esta vez muy cerca. Definitivamente alguien estaba detrás y se estaba acercando y eso era realmente extraño. Miguel con su 1.82 de estatura caminaba muy rápido, especialmente de noche y aun así alguien se había acercado lo suficiente para escuchar sus pasos en el pavimento nuevo.

 

«Hmmm esto no me gusta… metamos tercera… zum…. y ahora cuarta»

 

Y caminó mas rápido y por un segundo creyó haber sacado ventaja nuevamente, solo para darse cuenta que ahora estaba mas cerca.

 

<<Que demo….>>

 

Se detuvo y se dio vuelta -cosa que nunca hacia- y un par de segundos después descubrió algo inesperado.

 

Un joven salió de las sombras y casi choca con él al acercarse.

— Hola — dijo el joven, aunque Miguel no logro ver muy bien su cara, lo reconoció. Estaba en el comedor mientras cenaba.

— Hola. –respondió Miguel asombrado.

–¿Melissa? –Dijo con una voz asombrada, mientras una figura obviamente femenina aparecía tras el joven — ¿Que estas haciendo aquí?

— Tenía que devolverte tu cartera. — aun con la oscuridad logró ver una sonrisa de triunfo y caridad. — La dejaste olvidada y como dijiste que saldrías mañana muy temprano decidí seguirte y traértela.

— No era necesario. No tengo nada importante allí — mintió Miguel.

 

«Alli tengo todo mi dinero, como serás de baboso»

 

— Pues yo creí que si y aquí la tienes –decía mientras le tendía la mano con la cartera en ella — Misión cumplida. –dijo con un sonido que denotaba que sonreía mientras lo decía porque la oscuridad esta vez no dejo ver nada.

 

— Pero ¿por que vienes sin luz ni nada y por que no me llamaste cuando venias tan cerca? — preguntó Miguel ya con la calma reinstaurada.

–Bueno no traje lámpara porque no al encontré y si la seguía buscando ya no te alcanzo y no se donde vives, así que me traje a mi hermanito para que me cuidara… — decía ella mientras Miguel miraba al joven.

 

«Hermanito?? Parece mas bien guardaespaldas de narcotraficante… casi me mata del susto»

 

— … y no te llamé porque no estaba segura de que fueras tú, al entrar a esta calle prácticamente te perdimos de vista y la verdad nos dio miedo… bueno a mi. — dijo como disculpándose con su hermano por incluirlo.

 

«Ja.. culero. Tan grande y tan maricón>>

 

Por breves instantes deseó que ella hubiera venido sola, así podría haberla invitado a su casa, quien sabe, talvez hasta hubiera conseguido algo mas que un beso en la mejilla. Talvez una noche loca. Talvez nada.

 

–Bien, gracias entonces. Estas no son horas para que se paseen por la calle. –dijo después de unos segundos a manera de disculpa y echándolos a la vez.

–Ok Te veo después, cuídate. — se despidió Melissa.

 

« ¿Te veo después?… Hmmm me suena a que quiere volver a verme…. ya cayó! »

 

–Adiós — dijo su hermano con una voz menos intimidante que su apariencia, que esta vez también parecía menos impresionante.

 

Esperó a que se perdiera de vista por completo — aunque por lo cerrado de la noche no fueron mas de 10 segundos– y creyó escuchar la voz de Melissa que decía algo y la de su hermano que respondía…

 

— … mi no. – y la voz de Melissa que decía algo mas que él entendió como “oso”.

 

… y siguió su camino.

 

« Todavía nubes… ¿cuando se irán? »

 

El viento sopló mas fuerte esta vez y las hojas susurraron y las ramas se sacudieron dejando caer unas cuantas de sus temporales huéspedes justo enfrente de él, no las vio pero lo supo cuando atrapo una de aquellas hojas, cuando…

 

“tap…tap….tap….tap….tap….”

 

Pasos otra vez. Creyó que era el eco de los suyos y cambió de ritmo de sus pasos con un movimiento un poco cómico que había aprendido de un amigo, que nunca se atrevería a hacer de día porque no dejaba de ser un poco vergonzoso… muy infantil, dedicó sus oídos a escuchar tras el y casi dibujó una sonrisa al no descubrir el sonido pero nunca lo consiguió, los pasos seguían allí.

 

« Y ahora que se les olvidó darme »

 

No volteó esta vez. No era el momento de estar esperando a nadie, si algo mas había olvidado sentía que era estúpido que no se lo hubieran dado de una vez, esta vez los haría caminar hasta su casa y por que no echar andar su imaginación… otra vez.

 

« Si es ella que viene tras de mi será mejor que conozca mi casa… para ahorrar tiempo »

 

Se distrajo por un momento observando la única luz que se encontraba en su camino antes de llegar a su casa y la idea de la desquitarse por el pequeño susto que le habían dado nació.

 

« Ahora les toca a ellos… »

 

Aceleró su paso para sacar ventaja y justo al pasar la luz se escondería al lado de la calle y con la oscuridad de la noche y el estar alucinado por la repentina luz seguro sería el mejor escondite. Y así lo hizo. Se aseguró de que los pasos seguían allí y llevo a cabo su plan. Seguro vería quien era y de paso se desquitaría con alguien.

 

//Jueves, 01 de Enero de 2004//09:15 p.m.//

 

Pero ese alguien nunca llegó. Los pasos se escucharon muy claramente durante unos segundos mas y se detuvieron. Un escalofrío recorrió la espalda de Miguel. ¿Lo habían visto? ¿Por qué se detuvieron? ¿Eran las mimas personas que antes? La respuesta surgió tan casualmente como saludar a tu compañero de trabajo que no es tu amigo… y una certeza sólida como acero.

 

« No »

 

Su cuerpo se puso helado, no era la primera vez que sentía ese frío en su interior, ese deseo de su cuerpo de temblar descontroladamente. El miedo a veces puede ser un terremoto para el cuerpo, un cataclismo que pone fuera de línea tu mente. A la mente de Miguel solo vinieron imágenes de terror de cuando era niño, de la ocasión en que estaban en el velatorio de su abuela mas querida: Mama Carmen; Era octubre y era la primera vez que el estaba en un funeral y no pasaría de los 5 años, y al recordarlo a Miguel le parecía extraño que todos sus recuerdos anteriores a ese momento, eran solamente historias que su familia le habían contado sobre él, que parecía escenas de una película o de la vida de alguien mas, realmente no recordaba nada excepto ese día o mas bien esa noche. Pero este recuerdo era real, recordaba que su casa y la de su abuela no estarían a mas de 100 metros de distancia, pero a él le parecía muchísimo mas aun con la energía que de pequeño afloraba por su cuerpo, siempre corriendo descalzo de un lado para otro sin cansancio alguno, pero esa noche la distancia había sido aterradora. Entre ambas casas solo había una pequeña vereda que las unía a través de árboles grandes y chicos, unos hermosos naranjeros de muy verde frondoso follaje cuyas naranjas eran deliciosas, excepcionalmente jugosas decía su padre; mandarinas, cafetos, bananos y una que otra mala hierba que no faltaba. Sabía que su abuela esta enferma pero su edad no era la suficiente para entender realmente a lo que ella se enfrentaba y aun después de su muerte no sintió realmente pena alguna, a fin de cuentas a penas la recordaba. Los vientos de octubre, que ahora 23 años después se presentaban casi en diciembre, soplaban muy fuertes y los árboles emitían sonidos capaces de hacer temblar al chiquillo mas valiente, sus hermanos ya mayores ayudaban en las tareas del velatorio, servir café, dar pan y recibir pésames, él nunca estuvo cerca de esos asuntos, si se acercaba sus padres lo mandaban de regreso a casa a dormir o lo distraían dándole un pan o azúcar, pero nunca lo dejaron ver el cuerpo.

Al fin habían llegado las 10 de la noche y estaba cansado, no sabía por que pero estaba cansado y le jaló la falda a su madre.

 

— Mamaíta, tengo sueño – dijo con una voz mas dormida que despierta.

— Ahh mijito váyase a acostar, ahí esta su tía en la casa — respondió sin siquiera mirarlo hasta haberlo dicho y ver su cara.

— Vaya a dejarme — pidió el chiquillo con la misma somnolencia de antes.

— Ahh no estoy ocupada ¿Que no ve? Váyase. — dijo ya con voz diferente, obviamente sus nervios no estaban para soportar al último hijo.

— Está oscuro. — machacó el niño y esta vez la voz volvió del reino de Morfeo, el miedo es muy bueno para olvidarse del sueño.

— ¡Vaya a acostarse! ¡Deje de molestar! ¿Ya está grandecito no? ¿Qué no es hombrecito? — Gritó su madre esta vez estaba molesta.

 

Miguel pensó en pedir que le dijera a uno de sus hermanos que lo fuera dejar pero ese ultimo gritó le caló hondo y ya no quiso decir mas. Así que empezó a caminar con mucho miedo pero caminó.

Las luces exteriores estaban encendidas y le durarían unos 20 metros, eso si tenía suerte, serían por lo menos 70 metros de oscuridad y luego su casa. Al principio le sorprendió el hecho que por el enojo que le causó la respuesta de su madre, y el golpe a su hombría (a esa edad ya le habían dicho demasiadas veces que era hombrecito, que los hombres no lloran y no tienen miedo y la mayor mentira de todas: Que no necesitan a las mujeres), le habían hecho olvidarse de su miedo inicial, al fin de cuentas aun podía ver la luz de la casa de su abuela atrás y no muy lejos (se consolaba) la de su casa. Cuando los árboles a su alrededor empezaron a cubrir la poca luz de atrás sintió el escalofrió horrible que lo hizo temblar, su corazón se agita de una manera tal, que le faltó el aire por unos segundos, sentía las piernas pesadas, la sangré seguramente se le había congelado y el cuerpo completo le temblaba, sentía que de un momento a otro una bestia enorme y hambrienta saltaría de un lado mientras que del otro lo haría un monstruo del cuál ni siquiera se imaginaba la forma, sentía miles de ojos observándole y un fantasma siguiéndole, todo a lo que le podría tener miedo se lo imaginó en ese momento. Estaba aterrorizado.

Pensó en correr despavorido y dejar atrás todos esos seres, pero sus piernas no respondían, seguía dando los pasos rítmicamente pero nunca podría correr, cerraba los ojos y hasta parecía aliviar el miedo así, pero de todos modos lo atacarían, ¿Qué caso tendría entonces cerrar los ojos? Ideas de niños…. y de adultos.

Cada paso lo acercaba a su destino pero parecía muy lento y entonces las palabras de su madre le volvieron a la cabeza “¿Qué no es hombrecito?” y si bien no le quitaron el miedo, los distrajeron cuando empezó a decir para si “Soy hombre y no tengo miedo” una y otra vez mientras cerraba los ojos y los abría esporádicamente para ver donde pisaba y en lo que le pareció muy poco tiempo estaba en casa. Nada pasó.

 

« Los fantasmas no existen… hay que tenerle miedo a los vivos no a los muertos »

 

Miguel no se movía de su escondite, esperaba ver aparecer unas figuras de entre las sombras, pero nada aparecía. Lo helado de su cuerpo se agudizó y todas sus articulaciones estaban congeladas, si una hoja lo hubiera tocado en ese momento seguramente habría gritado como un loco.

 

« ¿Por qué tengo tanto miedo? »

 

No recordaba haber actuado así nunca. Jamás se detenía a ver quien estaba atrás de él, solo caminaba mas tranquilo aunque mas rápido, pero nunca volvía a ver. ¿Por que lo había hecho esta vez? Él era medio supersticioso, y rutinario, se ponía siempre el mismo calcetín primero y ¡Nunca antes que el pantalón!, se amarraba siempre igual los zapatos y tenía todo perfectamente bien calculado. Media hora para prepararse para salir, si tenía tiempo, y si estaba apresurado 15 minutos máximo y lo menos 7. Si alguna de esas reglas imaginarias se rompía -especialmente el orden de vestirse- estaba seguro que una desgracia sucedería.

Pero este día se había vestido de la manera correcta.

 

« Mejor me muevo, esto ya no me gusta »

 

Como pudo, hizo reaccionar sus piernas y vaya que le resultó difícil, pero lo consiguió. Solo habían pasado unos segundos desde que se detuvo pero tuvo la certeza de que algo no estaba bien. Era como si de alguna parte una energía negativa (o positiva) le advirtiera que estaba en peligro. Y el la escuchó. Con calma salió de su escondite y se encaminó hacia la calle, alejándose de la luz lo mas posible, y empezó a caminar procurando hacer el menor ruido posible…

 

« Por las dudas »

 

… y caminando lo mas rápido posible, poniendo mucha atención a los sonidos tras él y espiando sobre su hombro si alguien pasaba a través de la luz, mas nada ocurría esta vez, ni pasos ni personas. A unos 50 metros ya no tendría a la vista la luz pues la calle doblada hacia la izquierda a solo unos metros de su casa, se consolaba él.

 

« Seguramente era alguien que iba hacia la otra colonia y se ha equivocado de calle… seguramente era un ebrio »

 

Cuando no eran mas que unos 20 o 30 pasos que lo separaban de la entrada a su casa y ya estaba mas tranquilo inventando mil explicaciones distintas, escuchó nuevamente el típico sonido de los pasos anteriores, pero esta vez parecían correr tras él, su piel se erizo como gallina desplumada y sin pensarlo siquiera, despertando el instinto de supervivencia, echo a correr tan despavorido que parecía volar.

 

« Gracias a Dios que deje el encendido automático de las luces activado »

 

Mientras devoraba los metros sacaba las llaves de su bolsillo y llego a la entrada, eran 15 metros en una entrada de 35° de inclinación y la mitad estaba el portón que había colocado hacía mas o menos tres meses -“Por seguridad” según se había convencido a si mismo-, Subió hasta el portón y lo mas rápido que pudo jaló del pasador, tiró de la pequeña puerta para una persona, en donde apenas cabía por su altura, y la cerró tras él lo mejor que pudo para la prisa que llevaba. Podía oír perfectamente el sonido que se acercaba, en dos segundos estaría a la vista y podría ver quien era pero no pensó siquiera en esperar, emprendió de nuevo su carrera de vida, como la llamaría después, y llegó al patio de su casa e inmediatamente a la puerta. La llave ya estaba en su mano, todo su cuerpo temblaba de manera horrible y hasta le costaba respirar, no sabía si era por el miedo o por el cansancio -el sabía que tenía una pésima condición física- y apenas podía sostener la llave.

 

En el momento justo en que la llave se introducía en la cerradura, escuchó el golpe de algo (y realmente pensó en algo y no en alguien) que se estrellaba contra el portón con mucha furia y un segundo después como abría la puerta pequeña, tan rápido como su cuerpo respondió (y hay que ver que también el miedo da mucha agilidad), le dio la vuelta a la llave y entró dando un portazo tras él, estiró la mano hacía el circuito de encendido de la luz de la puerta y cuando sus dedos presionaban el botón la puerta metálica tronó como si estuviera a punto de doblarse por la fuerza de afuera, a lo cual Miguel reaccionó dando un brinco hacia delante y tirándose al suelo como si fueran disparos o una bomba de la que intentaba protegerse, se golpeó la cabeza contra el suelo y casi queda inconciente y causándole que casi perdiera el control de sus miembros, estaba realmente aterrado.

 

Se retorció por unos segundos mientras abría y cerraba fuertemente los ojos para desviar el dolor, tardó un momento en recuperarse y en el mismo lugar en que había aterrizado posó su mejilla nuevamente y se dedico a ver.

Aun acariciaba el lugar del impacto en su cabeza, aunque ya no le prestaba mucha atención mientras veía bajo la puerta, en principio no vio nada y le pareció extraño no escuchar un nuevo golpe, ahora ya estaba preparado y no reaccionaría igual, el miedo estaba presente pero en un intento de recuperarse, un poquito de valor volvió a él, hoy ya estaba en su fortaleza, pero en un momento un par de zapatos aparecieron caminando hacia un lado no muy lejos de la puerta (al fin… se trata de alguien), y prestó la mayor atención buscando el sonido de la respiración del perseguidor, mas no escucho nada, debería de estar al menos un poco cansado, había corrido desde la luz hasta alcanzarlo pues no había escuchado que lo seguían sino unos hasta hace unos segundos (que parecían realmente muchos minutos) y aun así no se escuchaba nada.

 

Los zapatos, que eran de color café con correas color negro, pasaron una vez mas hacia la salida…

 

« ¿Quien es?…Ojalá que ya se vaya »

 

… y ya no aparecieron, Miguel no se movió de su lugar por unos minutos esperando que pasara de nuevo pero -muy aliviado- ya no pasó mas.

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Serie V, Cap II – La carta

Audelia siguió trabajando en la casa de la “viejecita” hasta que la anciana murió 3 años después. Su muerte fue tranquila, de hecho a partir del día en que le contó la historia todo cambió, se volvió menos agresiva y su silencio se volvió casi total, pareció como si su alma se hubiera puesto en paz. La casa siguió como siempre, pero ya nada fue igual; había cierto lazo que se había creado entre las dos mujeres ese día, algo que solo ellas sabían y compartían, algo que ambas llevarían a la tumba, una por sentirse culpable y la otra por sentirse incapaz de repetir la historia.


La muerte alcanzó a Audelia a los 52 años, agonizó en el hospital con su hija sosteniéndole la mano , no pudo pensar en otra cosa mas que en esa historia.


— Te quiero hijita, sé buena. – dijo Audelia mientras un acceso de tos la sacudió. Murió esa noche.


Su hija que a los 21 años vivía con su madre, aun a pesar que ya tenía un novio que le había propuesto matrimonio, la cual había aceptado encantada pero sin aceptar abandonar a su madre, para ese entonces aun estaba sana, aun el cáncer en el páncreas no la había atacado con tanta fuerza.


El funeral fue uno de los mas tristes que pueda ser imaginarse, llegaron 8 personas solamente. Audelia a pesar de ser una persona amigable y juguetona no era apreciada por mucha gente; su pobreza era su peor defecto. Nadie, excepto su hija, lloró.


A las dos semanas después de la muerte de su madre, Lisa decidió mudarse con su novio, la casa era humilde, pero prometía ser un hogar amoroso, estable y con un futuro prospero. La casa en la que vivieron toda la vida era un pequeño cuarto alquilado en uno de los mesones pobres de la ciudad que le traía un millón de recuerdos, razón por lo que dejarlo físicamente fue mas fácil que dejarlo emocionalmente. Lisa comenzó a empacar las cosas que su madre había dejado: Maquillajes y ropa vieja, fotografías corroídas por la humedad y muchos papeles por todas partes. En su prisa por dejar el cuarto y hacer mas fácil la despedida, la joven cogió todo, lo echo en unas cajas y se marchó.


Aquellas cajas fueron a parar a un rincón de la nueva casa y alli permanecieron por 2 años. La vida en esos dos años cambió mucho para la pareja, el ahora esposo de la joven escaló rápidamente en su trabajo y en estos momentos ya era capaz de darse ciertos lujos y de pagar la prima para su nueva casa.

Y lo hizo.



El camión de la mudanza esperaba afuera con el motor encendido a que se subiera la ultima caja del embarque que se dirigía hacia la nueva casa. Los muebles y electrodomésticos ocupaban apenas la mitad de la capacidad del camión alquilado, realmente no había mucho que hacer, era el único disponible y aun a pesar de ser un poco mas caro habían aceptado. Esos lujos podían dárselos.

Lisa yacía sentada en el piso con las piernas cruzadas como solía hacer cuando era niña. En sus manos sostenía 4 páginas de papel garabateadas a ambos lados con una letra bastante mediocre apenas legible. Era la letra de su madre.

Sus mejillas estaban mojadas por las lagrimas que había derramado y en el sus vaqueros azul desteñido se podía ver el rastro de las lagrimas al caer sobre ellos, sus ojos enrojecidos por el llanto seguían clavados en las ultimas 3 palabras que había leído: “Lo hice yo”.

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Serie V, Cap I – La Viuda

sillaruedas.jpgsillaruedas.jpgLa campanilla sonó por vigésima esa mañana y eran apenas las 10, Audelia aun tenía que cambiar las sabanas a las 3 habitaciones, quitar el polvo de los adornos de la sala, barrerla y trapearla, hacer la comida para el almuerzo, después limpiar el baño y la ducha y para colmo atender a la anciana.


— Ya vaaaaaaa – dijo Audelia con tono de fastidio, masticando un chicle que metió a su boca desde las 8 de la mañana. – ya va.


Terminó de elegir las sabanas y las toallas con las que arreglaría las camas y que pondría en el baño. Se dirigió a la habitación de la anciana, abrió la puerta y el pesado olor de la vejez le azotó el rostro, aunque después de un año cualquiera se acostumbra decía ella. La habitación no era mas que un cuadrado de paredes de ladrillo cubierto con cemento blanco, pintada de color aqua (Audelia odiaba ese color) y lo único que adornaba era un enorme ventanal que daba directamente a la calle a través de unos cristales transparentes y un poco sucios, una cama matrimonial con un respaldo acojinado de color oro, que parecía ser de hace unos 20 años y recibía la luz que bañaba la habitación, una mecedora junto al ventanal, un enorme y viejo espejo sobre una cómoda donde los maquillajes y todos los implementos de belleza estaban guardados en una gaveta desde hace mucho tiempo y habían sido reemplazados por una docena de frascos plásticos envueltos en etiquetas con nombres escritos a maquina conteniendo medicinas y una que otra botella de vidrio con un fallido intento de lograr el elixir de la vida que no pasaba de ser un jarabe para la tos o alcohol 90.


— ¿Delia?– dijo la anciana mirándola fijamente – Quiero jugo.

— Si señora

— ¿Delia? – repitió la señora.

— Diga señora

— Limpia esta porquería.

— Si señora

La anciana estaba sentada en la cama, de la cual surgía un olor que Audelia no había percibido al entrar. La cama estaba mojada con orines. La mayoría de las veces avisaba con campanas y con gritos “Deeeeelia” con la mayor fuerza que sus pulmones le permitían.


— ¿Qué pasó señora? Avíseme por favor, así no la jodo tanto – le dijo Audelía

— No digas esas palabras en mi presencia Delia, esta es una casa decente, si quieres expresarte así puedes irte ahora mismo.

— Está bien, señora. – respondió mientras se dirigía a la cocina.


Audelia no tomaba nunca en serio esas amenazas. Las había escuchado mil veces y no eran en serio. Ella llevaba un año trabajando allí y no sabía nunca que alguien hubiera aguantado a la anciana por más de una semana.


Audelia sirvió un poco de jugo de ciruelas en uno de los vasos de un juego precioso que había en la casa, parecía hecho a mano, en la ignorante opinión de ella, pero le encantaba el hilito dorado que los rodeaba. Parecía de oro.

La casa era pequeña, de las 3 habitaciones solo 2 estaban ocupadas, una por la anciana y otra para ella. La otra era para “sus visitas”, decía la anciana, que eran más escasas que las lluvias en verano. La noche anterior había estado ocupada por su hija que de vez en cuando le ayudaba a limpiar la casa y se quedaba por la noche, pero nunca dejaba que la anciana se percatara de su presencia, era capaz de darle un ataque al corazón. La anciana no tenía hijos era lo único que sabía de ella.

Cuando se dirigía a la alcoba, se desvió para tomar un par de sábanas para hacer la cama. Al entrar de nuevo vio que ella ya se había movido hacia la mecedora al lado de la ventana, seguía mojada con sus desechos y el calor hacía que se elevara un leve y apestoso vapor de su arrugado trasero.


— Aquí tiene señora – dijo entregándole el vaso.

–¿Delia? – Murmuró la señora con la vista perdida mirando por el cerrado ventanal — ¿Cuánto llevas aquí?

— Un año, señora, dentro de dos semanas.

— ¿Un año? Un año…. – murmuró para si misma, hundiéndose en sus pensamientos.


Audelia se alejo en silencio y empezó con su asquerosa tarea, pero después de un año cualquiera se acostumbra se dijo a si misma en voz baja. Retiró el cobertor y el forro mojados y los arrojó al suelo, intentó levantar el colchón para darle vuelta, pero lo tomó mal y se le deslizó de las manos, haciendo “plum”. Creyó que el sonido le molestaría a la anciana pero no fue así. El segundo intento fue mas productivo y lo consiguió sin mucho esfuerzo, tomo las nuevas sábanas y las colocó en su lugar, dejándolas tan planas y sólidas como enseñan en el ejercito.

La voz de la anciana se escuchó a sus espaldas.


— Me agradas Audelia – dijo la anciana y la aludida se sorprendió de escuchar correctamente su nombre, era la primera vez y no supo que responder.

— Llevo muchos años aquí y eres la primera que dura tanto ¿Por qué no te has ido como las demás?

— Un trabajo es un trabajo, señora.

— Pero trabajos hay muchos, unos mas fáciles que otros y quizás mejor pagados. ¿Por qué no tomas uno de esos?

— No sé. Supongo que me cae bien usted. – repuso Audelia.

— ¿Ah? Tonterías. Yo no le agrado a nadie. Soy mala.

— Pues a mi no me ha hecho nada malo – respondió como intentando disculparla y agregando para si misma “sin contar que te meas en la cama como recién nacida”.


— ¿Tienes hijos Delia? – dijo la señora sin mirarla

— Si, señora. Una hija. – Respondió con voz orgullosa – Tiene 15 años.

— Yo tuve una hija ¿sabes? – comentó como si no hubiera escuchado la respuesta. – Era una preciosidad. Tenía los ojos más bellos que te puedas imaginar. Murió cuando tenía 6 meses, de pulmonía.


El corazón se le encogió a Audelia y no pudo imaginarse lo duro que debe ser a una madre perder a su hija, lo doloroso que hubiera sido para ella perder la suya. Habían pasado cosas muy duras desde el principio, cuando el padre las abandonó. Lisa ni siquiera había nacido. Ahora estaba en bachillerato y pensaba estudiar enfermería, le gustaba ver a su madre ayudando a una “viejecita” como la llamaba ella. Pero no podía imaginarse que hubiera hecho sin ella.


— Yo la maté ¿Sabes? – murmuró antes que le respondieran, con la vista fija en su vaso con jugo de ciruelas del cual aun no había bebido. – La deje afuera de la casa en su carrito mientras llovía.


Audelia dejo lo que hacía y vio la espalda de la anciana que se movía hacia delante y hacia atrás en su mecedora. No respondió y no le creyó. Pensó que la vieja estaba senil, que solo decía jodidas tonterías y que a los locos hay que darles por su lado.


— ¿Me estas escuchando Delia? – dijo la anciana con la voz autoritaria de siempre — ¿o piensas que la vieja decrepita está loca y que no hay que responderle sus locuras?

— Si, si la oigo señora y no, no creo que este chalada, ni deprequita. – replicó con una voz complaciente.

— Decrepita. – Corrigió la anciana como solía hacer siempre que Audelia se equivocaba al pronunciar una palabra, era quizás su pasatiempo favorito – Es decrepita. Loca quizás no, al menos todavía, pero ya no doy para más. Ya solo cuento los días que faltan.


La anciana se hundió otra vez en sus pensamientos y Audelia aprovecho para ayudarla a cambiarse de ropa, sin que mencionara una palabra más y pudo al fin volver a sus ocupaciones. Al menos consiguió que la anciana se distrajera (sin intención claro), dejará de decir cosas tan crueles y le permitiera volver a sus ocupaciones. De vez en cuando, como todos los que pasan a la tercera edad, la anciana le soltaba una buena parte de la historia de su vida pero nunca le había mencionado hijos, ni maridos; tan solo mencionaba novios de su muy lejana juventud y hasta ese momento no le había parecido tan curioso a Audelia, pero ahora si.

Por la noche, después de darle la cena a la señora y dejar todo en orden para el día siguiente, se acostó en su cama mas cansada que de costumbre y recordó las palabras de la anciana. « Yo la maté ¿sabes? » y no pudo imaginarse una razón para que una madre hiciera eso a su hija, tendría que estar loca para hacer algo así. No! Seguramente ya se le zafan los tornillos, aunque no dejaba de impresionarle la idea de que la “viejecita” pudiera ser capaz de hacer semejante cosa. Con esa idea apagó la luz y se cobijó lo mejor que pudo.


Esa fue una muy mala noche, plagada de pesadillas. La que recordaba al despertar por la mañana la mostraba a ella viendo el carrito de bebes, bajo una tormenta torrencial, del que salía el llanto ahogado por la lluvia. Intentaba alcanzar el carrito pero una especie de barrera transparente se lo impedía y cada vez que la tocaba escuchaba una risa demente que después se convenció que debía pertenecer a la anciana, aunque nunca la había escuchado reír. Después de luchar sin parar, encontraba una puerta en la barrera, la cruzaba y corría hacía el carrito y al ver en su interior aparecía el rostro de su hija con los ojos fríos y fijos en la nada con el cuerpo cubierto por una pequeña mantita, intentaba gritar pero no podía y sentía que se asfixiaba, en ese momento despertaba tosiendo y sudando a chorros.


La rutina del día siguiente fue más dura que nunca, aunque no descubría si por que estaba cansada y desvelada, porque alguien se había dado lugar para desordenar todo o si habían inventado más tareas para ella, solo por fastidiar. La anciana no mencionó nada del día anterior y volvió a ignorarla como siempre hacía cuando no había necesidad de dirigirle la palabra, a eso –se dijo- después de un año cualquiera se acostumbra y esta vez la rutina la tranquilizaba. Por la noche durmió intranquila y mal, aunque agradeció a Dios por no haber tenido ninguna pesadilla.


26/08/2004

Pasó un mes y Audelia mando todo el asunto al lugar donde terminaba todo lo que le parecía inútil: el olvido. A fin de cuentas sus tareas eran claras y estas no incluían meditar sobre las historias seniles de una “viejecita”. Pero el olvido realmente no existe, es mas como si el recuerdo fuera el sol y una nube lo tapara y lo único que hiciera falta fuera un soplo del viento para apartarla de allí y dejar al recuerdo tan claro y brillante como al principio. Eso pasó ese día.


Audelia se había tomado unos minutos de descanso y estaba sentada en el sofá de la sala, con los ojos cerrados pensando en las pocas cosas que aun le faltaban por hacer, no se explicaba porque se le habían vuelto tan largas y agotadoras las tareas en esa casa. Sus 45 años y su figura de vendedora de mercado, gorda, con la piel manchada y percudida, con sus chanclas que hacían un peculiar sonido al caminar como si palmeara suavemente con las manos, con su cabellos amarrados con una cola sin mayor cuidado, su cara siempre dispuesta a soltar una carcajada (fuera de la casa al menos) y tan propensa a retorcerse en una mueca de rencor y cólera, la habían vuelto una mujer físicamente fuerte, aunque psicológicamente no estuviera mejor preparada para algo difícil. Hundida en su desdicha de trabajar en esa casa, que la cansaba tanto, la idea apareció como si hubiera estado esperando tras la nube para arrasarla con sus rayos ultravioleta y quemarle la piel, solo escucho el eco de las palabras de la anciana resonando como si estuvieras detrás de una pared “Yo la maté ¿sabes?… la deje afuera de la casa en su carrito mientras llovía”. Abrió los ojos y la oscuridad no se disipo por un segundo. La anciana estaba de pie justo frente a ella, lanzando una sombra con una forma mas estética que la propietaria. Audelia se removió en su asiento muy nerviosa y asustada, esperando la peor regañina de todas


— Así que esto es lo que haces mientras crees que duermo Delia – dijo la anciana sin denotar rabia alguna.


Audelia intentó hablar, sin percatarse que seguía sentada como si no fuera esa la causa de su problema.


— No, yo solo…. – murmuró Audelia.

— Déjalo. Déjalo. Estoy muy cansada como para gritarte y enojarme. – Interrumpió la anciana moviendo la mano en ademán que se detuviera y moviéndose hacia su sillón favorito – Mejor tráeme un vaso de jugo.

Audelia se levantó como resorte y casi corrió a la cocina por el vaso y el jugo y cuando regresaba, la anciana la miraba con la mayor atención, dándole la sensación que la anciana sabía perfectamente lo que pensaba.


— No querías creerme, pero me creíste ¿verdad Delia? – dijo la anciana mientras se llevaba el vaso a la boca con un leve temblor.

Audelia sintió que los colores se le subían al rostro y un escalofrío le recorrió la piel. Ella sabía perfectamente bien de que estaba hablando la anciana. No respondió.


— Lo noté en tus ojos, mientras me veías y en tu reacción aquel día. Eso era una prueba. Eres una mujer muy transparente Delia, quizás demasiado. Aprendí a leer tus ojos desde el momento que dijiste que aceptabas las condiciones del empleo. También sé que crees que no tengo idea que tu hija te ayuda con los quehaceres de vez en cuando y que se queda a hacerte compañía algunas noches. Y tienes razón al estar tan orgullosa, es una buena niña y es hermosa.


Audelia seguía allí, de pie, sin poder salir de su asombro. No lograba ordenar sus ideas y mucho menos formular una respuesta a la anciana o mejor aun una disculpa.


— Señora, yo solo creí que…

— Ya te dije que lo dejes así… – Interrumpió de nuevo la anciana — Quizás por eso has durado tanto aquí soportándome. Tienes tus libertades.

Un tenso silencio se adueño de la sala mientras un sorbo de jugo cruzaba por la garganta de la anciana, quien continuó.


— Es cierto Delia. Yo maté a mi hija cuando tenía seis meses. Y tu no me creíste… pero ahora has empezado a dudar. Sabes que no estoy chalada como tu dices. He hecho muchas cosas mas de las cuales muy pocas son dignas de mi arrepentimiento y esta es una de ellas ¿sabes?


Una sombra pasó por el rostro de la anciana, mientras bajaba los ojos a su vaso.

— Supongo que ya no duro mucho mas, me lo dijo el médico y le creo. Me imaginó que no haría mal que… — Se interrumpió mirando fijamente a Audelia que seguía de pie.


— Siéntate Delia — dijo la señora señalando el sillón donde antes había acomodada. – Voy a contarte algo.


Audelia se sentó y consiguió hacerlo de la manera mas incomoda imaginable.


— Los pecados Delia. Los pecados. – Inició la anciana – Los pecados te siguen durante toda la vida. A veces te atormentan mientras duermes y otras mientras estas despierta








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Serie I. Cap. II – El Taxi

TaxiEl taxi se detuvo y el joven subió a la parte trasera del taxi dando las buenas noches al conductor, seguido del nombre de uno de los mejores hoteles de la ciudad.

El joven que no pasaría de los 27 años vestía descuidadamente ropa formal y cargaba consigo un maletín que seguramente contenía un computador portátil.

El taxista emprendió la marcha al hotel que no estaría a mas de 5 minutos de distancia, a las 3 de la mañana realmente el trafico es muy poco y los testigos también.

El joven se recostó cansadamente en el asiento sin conocer las intenciones del taxista que aminoró la velocidad para darle tiempo al Joven para dormirse, lo cual el joven poco a poco fue consiguiendo, seguramente había tenido una noche muy ocupada pensó el taxista y efectivamente así era.

El taxista tomo una intersección que rodeaba al hotel y se alejaba de el sin oportunidad de verlo, si el joven despertaba le podría decir que aun no había llegado.

Diez minutos mas tarde una sacudida salvaje sacó al joven de su sutil sueño. Al abrir los ojos se descubrió dentro del taxi estacionado en un oscuro callejón y con una silueta que lo miraba fijamente desde afuera de la puerta abierta del taxi y que le ordenaba que saliera. El joven simplemente se acomodo en el asiento y procedió a cumplir con la orden. El taxista mientras tanto se alejo de la puerta para dar espacio a que el pasajero bajase, mientras observaba ávidamente el maletín que yacía en el otro lado del asiento trasero, se percató que el joven se había olvidado de tomarlo al bajarse, era mejor así.

El joven salio de una manera perezosa no mostrando casi temor alguno a pesar de que una Magnun .357 apuntaba alternativamente a su pecho y a su rostro y seguía cada movimiento de su cuerpo.

El taxista ordenó al joven entregarle la cartera y todo lo de valor que tuviera. El joven se conformó con verlo fijamente a los ojos. El taxista palideció por un momento al sentir que el joven no tenía miedo alguno, pero recuperó el valor al recordar que no era el primer valiente con el que se encontraba, pero todos con una arma apuntando a su cabeza mientras están de rodillas dejaban la valentía a un lado.

Le repitió la orden ahora con mas fuerza al joven quien se limitó a seguir viéndolo y pasados unos segundos empezó a meter su mano izquierda en el bolsillo trasero izquierdo para sacar su cartera. Lo hizo todo con mucha calma.

El joven sacó su cartera y la sostuvo en su mano izquierda apenas un poco fuera del alcance del taxista, quien al verla intentó alcanzarla de un zarpazo. Para el joven eso fue suficiente.

Solo le tomo al taxista una centésima de segundo darse cuenta que había cometido un error, en ese pequeño lapso de tiempo vio brillar los ojos del joven con un rojo encendido y demoníaco, vio como el joven movía a una velocidad sorprendente su mano derecha en dirección a la suya antes de tomar la cartera. Intento retroceder pero fue tarde. EL joven lo había tocado.

El dolor que sintió fue apenas comparable con la sensación de horror que se apoderó de él. Su mano se estremeció violentamente mientras un hormigueo recorrió su brazo y alcanzo su cerebro que como por arte de magia dejo de controlar su cuerpo, de hecho ni siquiera le dio tiempo de presionar el gatillo del arma amartillada. Con eso habría bastado para acabar con el joven.

Intentó ver su mano esperando ver la sangre fluyendo de su muñeca atrapada pero no vio nada, de hecho la mano del joven había sido retirada ya, dejando una marca roja como sus ojos en su muñeca la cual fue desapareciendo lentamente, pero no como si se borrará… mas bien como si se absorbiera.

El joven sonreía. Y era una sonrisa tan macabra y malévola que el taxista pensó en gritar y fue lo único que pudo hacer, pensarlo. Ya no era dueño de su cuerpo, el cual no respondía a ninguno de sus deseos. Lo único que sentía ahora que le pertenecía eran sus ojos que se movían violentamente en busca de una inútil solución y esquivando el rostro del joven que a cada segundo se volvía más macabro y salvaje.

El joven se acercó y lo obligo a verlo, para lo que no tuvo que ponerle un dedo encima. El taxista se sintió como una marioneta.

El joven miró durante unos segundos a los ojos del taxista quien en vano intentó cerrar los parpados mientras que una sensación de falsa paz lo invadía y una tranquilidad que nunca había sentido se apoderaba de él. Ya no le importaba no poder moverse y no sentir nada. Le gustaba esa sensación, le fascinaba. De improviso volvió a la realidad y a aquellos ojos lo miraban aun fijamente. Mientras pronunciaba dos frías palabras: “Me servirás”. El taxista nunca supo si fue una pregunta o una afirmación pero respondió con un monosílabo que el jamás pensó. “Si”.

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