Serie V, Cap I – La Viuda

sillaruedas.jpgsillaruedas.jpgLa campanilla sonó por vigésima esa mañana y eran apenas las 10, Audelia aun tenía que cambiar las sabanas a las 3 habitaciones, quitar el polvo de los adornos de la sala, barrerla y trapearla, hacer la comida para el almuerzo, después limpiar el baño y la ducha y para colmo atender a la anciana.


— Ya vaaaaaaa – dijo Audelia con tono de fastidio, masticando un chicle que metió a su boca desde las 8 de la mañana. – ya va.


Terminó de elegir las sabanas y las toallas con las que arreglaría las camas y que pondría en el baño. Se dirigió a la habitación de la anciana, abrió la puerta y el pesado olor de la vejez le azotó el rostro, aunque después de un año cualquiera se acostumbra decía ella. La habitación no era mas que un cuadrado de paredes de ladrillo cubierto con cemento blanco, pintada de color aqua (Audelia odiaba ese color) y lo único que adornaba era un enorme ventanal que daba directamente a la calle a través de unos cristales transparentes y un poco sucios, una cama matrimonial con un respaldo acojinado de color oro, que parecía ser de hace unos 20 años y recibía la luz que bañaba la habitación, una mecedora junto al ventanal, un enorme y viejo espejo sobre una cómoda donde los maquillajes y todos los implementos de belleza estaban guardados en una gaveta desde hace mucho tiempo y habían sido reemplazados por una docena de frascos plásticos envueltos en etiquetas con nombres escritos a maquina conteniendo medicinas y una que otra botella de vidrio con un fallido intento de lograr el elixir de la vida que no pasaba de ser un jarabe para la tos o alcohol 90.


— ¿Delia?– dijo la anciana mirándola fijamente – Quiero jugo.

— Si señora

— ¿Delia? – repitió la señora.

— Diga señora

— Limpia esta porquería.

— Si señora

La anciana estaba sentada en la cama, de la cual surgía un olor que Audelia no había percibido al entrar. La cama estaba mojada con orines. La mayoría de las veces avisaba con campanas y con gritos “Deeeeelia” con la mayor fuerza que sus pulmones le permitían.


— ¿Qué pasó señora? Avíseme por favor, así no la jodo tanto – le dijo Audelía

— No digas esas palabras en mi presencia Delia, esta es una casa decente, si quieres expresarte así puedes irte ahora mismo.

— Está bien, señora. – respondió mientras se dirigía a la cocina.


Audelia no tomaba nunca en serio esas amenazas. Las había escuchado mil veces y no eran en serio. Ella llevaba un año trabajando allí y no sabía nunca que alguien hubiera aguantado a la anciana por más de una semana.


Audelia sirvió un poco de jugo de ciruelas en uno de los vasos de un juego precioso que había en la casa, parecía hecho a mano, en la ignorante opinión de ella, pero le encantaba el hilito dorado que los rodeaba. Parecía de oro.

La casa era pequeña, de las 3 habitaciones solo 2 estaban ocupadas, una por la anciana y otra para ella. La otra era para “sus visitas”, decía la anciana, que eran más escasas que las lluvias en verano. La noche anterior había estado ocupada por su hija que de vez en cuando le ayudaba a limpiar la casa y se quedaba por la noche, pero nunca dejaba que la anciana se percatara de su presencia, era capaz de darle un ataque al corazón. La anciana no tenía hijos era lo único que sabía de ella.

Cuando se dirigía a la alcoba, se desvió para tomar un par de sábanas para hacer la cama. Al entrar de nuevo vio que ella ya se había movido hacia la mecedora al lado de la ventana, seguía mojada con sus desechos y el calor hacía que se elevara un leve y apestoso vapor de su arrugado trasero.


— Aquí tiene señora – dijo entregándole el vaso.

–¿Delia? – Murmuró la señora con la vista perdida mirando por el cerrado ventanal — ¿Cuánto llevas aquí?

— Un año, señora, dentro de dos semanas.

— ¿Un año? Un año…. – murmuró para si misma, hundiéndose en sus pensamientos.


Audelia se alejo en silencio y empezó con su asquerosa tarea, pero después de un año cualquiera se acostumbra se dijo a si misma en voz baja. Retiró el cobertor y el forro mojados y los arrojó al suelo, intentó levantar el colchón para darle vuelta, pero lo tomó mal y se le deslizó de las manos, haciendo “plum”. Creyó que el sonido le molestaría a la anciana pero no fue así. El segundo intento fue mas productivo y lo consiguió sin mucho esfuerzo, tomo las nuevas sábanas y las colocó en su lugar, dejándolas tan planas y sólidas como enseñan en el ejercito.

La voz de la anciana se escuchó a sus espaldas.


— Me agradas Audelia – dijo la anciana y la aludida se sorprendió de escuchar correctamente su nombre, era la primera vez y no supo que responder.

— Llevo muchos años aquí y eres la primera que dura tanto ¿Por qué no te has ido como las demás?

— Un trabajo es un trabajo, señora.

— Pero trabajos hay muchos, unos mas fáciles que otros y quizás mejor pagados. ¿Por qué no tomas uno de esos?

— No sé. Supongo que me cae bien usted. – repuso Audelia.

— ¿Ah? Tonterías. Yo no le agrado a nadie. Soy mala.

— Pues a mi no me ha hecho nada malo – respondió como intentando disculparla y agregando para si misma “sin contar que te meas en la cama como recién nacida”.


— ¿Tienes hijos Delia? – dijo la señora sin mirarla

— Si, señora. Una hija. – Respondió con voz orgullosa – Tiene 15 años.

— Yo tuve una hija ¿sabes? – comentó como si no hubiera escuchado la respuesta. – Era una preciosidad. Tenía los ojos más bellos que te puedas imaginar. Murió cuando tenía 6 meses, de pulmonía.


El corazón se le encogió a Audelia y no pudo imaginarse lo duro que debe ser a una madre perder a su hija, lo doloroso que hubiera sido para ella perder la suya. Habían pasado cosas muy duras desde el principio, cuando el padre las abandonó. Lisa ni siquiera había nacido. Ahora estaba en bachillerato y pensaba estudiar enfermería, le gustaba ver a su madre ayudando a una “viejecita” como la llamaba ella. Pero no podía imaginarse que hubiera hecho sin ella.


— Yo la maté ¿Sabes? – murmuró antes que le respondieran, con la vista fija en su vaso con jugo de ciruelas del cual aun no había bebido. – La deje afuera de la casa en su carrito mientras llovía.


Audelia dejo lo que hacía y vio la espalda de la anciana que se movía hacia delante y hacia atrás en su mecedora. No respondió y no le creyó. Pensó que la vieja estaba senil, que solo decía jodidas tonterías y que a los locos hay que darles por su lado.


— ¿Me estas escuchando Delia? – dijo la anciana con la voz autoritaria de siempre — ¿o piensas que la vieja decrepita está loca y que no hay que responderle sus locuras?

— Si, si la oigo señora y no, no creo que este chalada, ni deprequita. – replicó con una voz complaciente.

— Decrepita. – Corrigió la anciana como solía hacer siempre que Audelia se equivocaba al pronunciar una palabra, era quizás su pasatiempo favorito – Es decrepita. Loca quizás no, al menos todavía, pero ya no doy para más. Ya solo cuento los días que faltan.


La anciana se hundió otra vez en sus pensamientos y Audelia aprovecho para ayudarla a cambiarse de ropa, sin que mencionara una palabra más y pudo al fin volver a sus ocupaciones. Al menos consiguió que la anciana se distrajera (sin intención claro), dejará de decir cosas tan crueles y le permitiera volver a sus ocupaciones. De vez en cuando, como todos los que pasan a la tercera edad, la anciana le soltaba una buena parte de la historia de su vida pero nunca le había mencionado hijos, ni maridos; tan solo mencionaba novios de su muy lejana juventud y hasta ese momento no le había parecido tan curioso a Audelia, pero ahora si.

Por la noche, después de darle la cena a la señora y dejar todo en orden para el día siguiente, se acostó en su cama mas cansada que de costumbre y recordó las palabras de la anciana. « Yo la maté ¿sabes? » y no pudo imaginarse una razón para que una madre hiciera eso a su hija, tendría que estar loca para hacer algo así. No! Seguramente ya se le zafan los tornillos, aunque no dejaba de impresionarle la idea de que la “viejecita” pudiera ser capaz de hacer semejante cosa. Con esa idea apagó la luz y se cobijó lo mejor que pudo.


Esa fue una muy mala noche, plagada de pesadillas. La que recordaba al despertar por la mañana la mostraba a ella viendo el carrito de bebes, bajo una tormenta torrencial, del que salía el llanto ahogado por la lluvia. Intentaba alcanzar el carrito pero una especie de barrera transparente se lo impedía y cada vez que la tocaba escuchaba una risa demente que después se convenció que debía pertenecer a la anciana, aunque nunca la había escuchado reír. Después de luchar sin parar, encontraba una puerta en la barrera, la cruzaba y corría hacía el carrito y al ver en su interior aparecía el rostro de su hija con los ojos fríos y fijos en la nada con el cuerpo cubierto por una pequeña mantita, intentaba gritar pero no podía y sentía que se asfixiaba, en ese momento despertaba tosiendo y sudando a chorros.


La rutina del día siguiente fue más dura que nunca, aunque no descubría si por que estaba cansada y desvelada, porque alguien se había dado lugar para desordenar todo o si habían inventado más tareas para ella, solo por fastidiar. La anciana no mencionó nada del día anterior y volvió a ignorarla como siempre hacía cuando no había necesidad de dirigirle la palabra, a eso –se dijo- después de un año cualquiera se acostumbra y esta vez la rutina la tranquilizaba. Por la noche durmió intranquila y mal, aunque agradeció a Dios por no haber tenido ninguna pesadilla.


26/08/2004

Pasó un mes y Audelia mando todo el asunto al lugar donde terminaba todo lo que le parecía inútil: el olvido. A fin de cuentas sus tareas eran claras y estas no incluían meditar sobre las historias seniles de una “viejecita”. Pero el olvido realmente no existe, es mas como si el recuerdo fuera el sol y una nube lo tapara y lo único que hiciera falta fuera un soplo del viento para apartarla de allí y dejar al recuerdo tan claro y brillante como al principio. Eso pasó ese día.


Audelia se había tomado unos minutos de descanso y estaba sentada en el sofá de la sala, con los ojos cerrados pensando en las pocas cosas que aun le faltaban por hacer, no se explicaba porque se le habían vuelto tan largas y agotadoras las tareas en esa casa. Sus 45 años y su figura de vendedora de mercado, gorda, con la piel manchada y percudida, con sus chanclas que hacían un peculiar sonido al caminar como si palmeara suavemente con las manos, con su cabellos amarrados con una cola sin mayor cuidado, su cara siempre dispuesta a soltar una carcajada (fuera de la casa al menos) y tan propensa a retorcerse en una mueca de rencor y cólera, la habían vuelto una mujer físicamente fuerte, aunque psicológicamente no estuviera mejor preparada para algo difícil. Hundida en su desdicha de trabajar en esa casa, que la cansaba tanto, la idea apareció como si hubiera estado esperando tras la nube para arrasarla con sus rayos ultravioleta y quemarle la piel, solo escucho el eco de las palabras de la anciana resonando como si estuvieras detrás de una pared “Yo la maté ¿sabes?… la deje afuera de la casa en su carrito mientras llovía”. Abrió los ojos y la oscuridad no se disipo por un segundo. La anciana estaba de pie justo frente a ella, lanzando una sombra con una forma mas estética que la propietaria. Audelia se removió en su asiento muy nerviosa y asustada, esperando la peor regañina de todas


— Así que esto es lo que haces mientras crees que duermo Delia – dijo la anciana sin denotar rabia alguna.


Audelia intentó hablar, sin percatarse que seguía sentada como si no fuera esa la causa de su problema.


— No, yo solo…. – murmuró Audelia.

— Déjalo. Déjalo. Estoy muy cansada como para gritarte y enojarme. – Interrumpió la anciana moviendo la mano en ademán que se detuviera y moviéndose hacia su sillón favorito – Mejor tráeme un vaso de jugo.

Audelia se levantó como resorte y casi corrió a la cocina por el vaso y el jugo y cuando regresaba, la anciana la miraba con la mayor atención, dándole la sensación que la anciana sabía perfectamente lo que pensaba.


— No querías creerme, pero me creíste ¿verdad Delia? – dijo la anciana mientras se llevaba el vaso a la boca con un leve temblor.

Audelia sintió que los colores se le subían al rostro y un escalofrío le recorrió la piel. Ella sabía perfectamente bien de que estaba hablando la anciana. No respondió.


— Lo noté en tus ojos, mientras me veías y en tu reacción aquel día. Eso era una prueba. Eres una mujer muy transparente Delia, quizás demasiado. Aprendí a leer tus ojos desde el momento que dijiste que aceptabas las condiciones del empleo. También sé que crees que no tengo idea que tu hija te ayuda con los quehaceres de vez en cuando y que se queda a hacerte compañía algunas noches. Y tienes razón al estar tan orgullosa, es una buena niña y es hermosa.


Audelia seguía allí, de pie, sin poder salir de su asombro. No lograba ordenar sus ideas y mucho menos formular una respuesta a la anciana o mejor aun una disculpa.


— Señora, yo solo creí que…

— Ya te dije que lo dejes así… – Interrumpió de nuevo la anciana — Quizás por eso has durado tanto aquí soportándome. Tienes tus libertades.

Un tenso silencio se adueño de la sala mientras un sorbo de jugo cruzaba por la garganta de la anciana, quien continuó.


— Es cierto Delia. Yo maté a mi hija cuando tenía seis meses. Y tu no me creíste… pero ahora has empezado a dudar. Sabes que no estoy chalada como tu dices. He hecho muchas cosas mas de las cuales muy pocas son dignas de mi arrepentimiento y esta es una de ellas ¿sabes?


Una sombra pasó por el rostro de la anciana, mientras bajaba los ojos a su vaso.

— Supongo que ya no duro mucho mas, me lo dijo el médico y le creo. Me imaginó que no haría mal que… — Se interrumpió mirando fijamente a Audelia que seguía de pie.


— Siéntate Delia — dijo la señora señalando el sillón donde antes había acomodada. – Voy a contarte algo.


Audelia se sentó y consiguió hacerlo de la manera mas incomoda imaginable.


— Los pecados Delia. Los pecados. – Inició la anciana – Los pecados te siguen durante toda la vida. A veces te atormentan mientras duermes y otras mientras estas despierta








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