Serie V, Cap II – La carta

Audelia siguió trabajando en la casa de la “viejecita” hasta que la anciana murió 3 años después. Su muerte fue tranquila, de hecho a partir del día en que le contó la historia todo cambió, se volvió menos agresiva y su silencio se volvió casi total, pareció como si su alma se hubiera puesto en paz. La casa siguió como siempre, pero ya nada fue igual; había cierto lazo que se había creado entre las dos mujeres ese día, algo que solo ellas sabían y compartían, algo que ambas llevarían a la tumba, una por sentirse culpable y la otra por sentirse incapaz de repetir la historia.


La muerte alcanzó a Audelia a los 52 años, agonizó en el hospital con su hija sosteniéndole la mano , no pudo pensar en otra cosa mas que en esa historia.


— Te quiero hijita, sé buena. – dijo Audelia mientras un acceso de tos la sacudió. Murió esa noche.


Su hija que a los 21 años vivía con su madre, aun a pesar que ya tenía un novio que le había propuesto matrimonio, la cual había aceptado encantada pero sin aceptar abandonar a su madre, para ese entonces aun estaba sana, aun el cáncer en el páncreas no la había atacado con tanta fuerza.


El funeral fue uno de los mas tristes que pueda ser imaginarse, llegaron 8 personas solamente. Audelia a pesar de ser una persona amigable y juguetona no era apreciada por mucha gente; su pobreza era su peor defecto. Nadie, excepto su hija, lloró.


A las dos semanas después de la muerte de su madre, Lisa decidió mudarse con su novio, la casa era humilde, pero prometía ser un hogar amoroso, estable y con un futuro prospero. La casa en la que vivieron toda la vida era un pequeño cuarto alquilado en uno de los mesones pobres de la ciudad que le traía un millón de recuerdos, razón por lo que dejarlo físicamente fue mas fácil que dejarlo emocionalmente. Lisa comenzó a empacar las cosas que su madre había dejado: Maquillajes y ropa vieja, fotografías corroídas por la humedad y muchos papeles por todas partes. En su prisa por dejar el cuarto y hacer mas fácil la despedida, la joven cogió todo, lo echo en unas cajas y se marchó.


Aquellas cajas fueron a parar a un rincón de la nueva casa y alli permanecieron por 2 años. La vida en esos dos años cambió mucho para la pareja, el ahora esposo de la joven escaló rápidamente en su trabajo y en estos momentos ya era capaz de darse ciertos lujos y de pagar la prima para su nueva casa.

Y lo hizo.



El camión de la mudanza esperaba afuera con el motor encendido a que se subiera la ultima caja del embarque que se dirigía hacia la nueva casa. Los muebles y electrodomésticos ocupaban apenas la mitad de la capacidad del camión alquilado, realmente no había mucho que hacer, era el único disponible y aun a pesar de ser un poco mas caro habían aceptado. Esos lujos podían dárselos.

Lisa yacía sentada en el piso con las piernas cruzadas como solía hacer cuando era niña. En sus manos sostenía 4 páginas de papel garabateadas a ambos lados con una letra bastante mediocre apenas legible. Era la letra de su madre.

Sus mejillas estaban mojadas por las lagrimas que había derramado y en el sus vaqueros azul desteñido se podía ver el rastro de las lagrimas al caer sobre ellos, sus ojos enrojecidos por el llanto seguían clavados en las ultimas 3 palabras que había leído: “Lo hice yo”.

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