Serie III. CapII. – La familia

Roberto lo vio bajarse del autobús como todos los días, siempre la misma rutina. Bajarse del autobús a las 7 o 7.30 dependiendo del autobús que elija, caminar hasta su casa y encerrarse toda la noche. Lo había visto hacer eso durante los últimos 5 meses. Presa Fácil.

« Te voy a atrapar maldito »


Roberto Martínez era fuerte, era muy fuerte. Su trabajo era acarrear materiales de construcción en camiones. Arena, cemento, piedra, ladrillos, tejas… todo lo que su jefe decidiera aceptar. Llevaba 2 años en ese trabajo y su condición física había mejorado muy rápido. Sus músculos, a pesar de no haber crecido se habían vuelto de hierro. En todo caso no hacía falta que crecieran mas. Eran enormes. Levantaba con suma facilidad las 200 libras de las bolsas de cemento y a veces pasaba todo el día en eso. Ocho horas que ya no le molían el cuerpo.

— Rob, que vas a hacer hoy? – Preguntó El Gusano. (A Juan le decían EL Gusano, desde el día en que su novia se molestó con él y le dio un tremendo puntapié en los genitales, que lo mandó al suelo… y lo único que se le ocurrió fue retorcerse y arrastrase hacia ella, quien sabe con que intención)

— Nada. Hoy me voy a casa.

— Como quieras. Pero te la vas a perder. Es viernes y tenemos salida.

— Paso.

El Gusano se había ido con otros 4 (Emilio, Gilberto, Ernesto y Salvador) y Rob sabía perfectamente donde estarían hasta las 12 o una de la mañana. Paraíso Nocturno. Que momentos los que había pasado allí los últimos meses. Gastando sus pocos ingresos en prostitutas baratas, a fin de cuentas es lo único que podía pagar, sino fuera así habría ido a parar a Dragón Rojo o al LIPS… lugares mucho mejores.

Hoy tenía otros planes….

Tres veces por semana se dedicaba a vigilar a Miguel, a aprender su rutina y a buscar la forma de tomar venganza. En ese momento apreció la sabiduría de Mario Puzo en la boca de Don Corleone. “La venganza es un plato que sabe mejor cuando se sirve frío”.

«Maldito bastardo. Odio la comida fría»

Cinco meses han pasado y ya no soporta más. Aun recuerda las huellas de sangre derramadas en la sala, que parecían lagrimas rojas de una virgen milagrosa. Se despertaba en la madrugada con la mano sujetando un cuchillo imaginario embarrado de sangre fresca. Aun ve a su hermana tirada en el piso de la habitación moribunda, blanca como la nieve y apenas respirando. El vidrio romperse. Y esa única palabra que pronunció justo antes de relajarse por completo.


— Miguel…. Miguel…

La ambulancia llego demasiado tarde y la policía lo archivo para siempre como suicidio y no hubo nada que Roberto pudiera hacer. Excepto vengarse.

Este día los recuerdos habían estado mas presentes que nunca y eso había encendido aun más esa chispa que le impulsaba a seguirlo a menudo. Hoy había que vigilarlo y así lo hizo. Puntual a las 6:50 ya estaba esperando, suficientemente lejos para que no lo vieran y tan cerca para poder ver. Mientras esperaba sentado tranquilamente, simulando esperar a alguien, por la impaciencia que mostraba cualquiera pensaría que a una mujer, viendo su reloj y fue entonces, cuando paso una jovencita con su cabello negro, sus jeans ajustados, sus ojos inocentes y su caminar despreocupado, que se decidió.

«Hoy te toca maldito. Hoy te toca»

El pensamiento surgió sin rabia, era solamente algo que tenía que hacer y lo iba a disfrutar muchísimo. Nada de armas de fuego. Iba a ser lo mas personal posible, tendría que sangrar como sangró su hermana. Iba a ser hoy.

A las 7:45 empezó a creer que algo andaba mal, en 5 meses solo una vez llegó tarde Miguel y traía la mano vendada.

«Tiene que ser hoy, hoy» — Roberto intentaba convencerse.

El camino que lleva a la casa de Miguel era muy oscuro, muy solitario. Era perfecto. Nunca lo había seguido allí, era demasiado arriesgado. A pesar de que Miguel no lo conocía, algo se podía oler al ver a alguien detrás de él, de cualquier manera tenía muy buena memoria visual.


Cuando faltaban cinco minutos para las ocho de la noche se bajó del autobús y en ese momento fue cuando se convenció del todo, por un momento el deseo intenso de saltar sobre él, rebanarle el cuello y clavarle su navaja una y otra vez hasta que dejara de respirar, lo rodeo como serpiente ahogando a su presa. Le faltaba el aire y el pecho le brincaba como si tuviera una pelota de basketball rebotando dentro de sí. Nunca había dañado a nadie, pero hoy no pensaba en otra cosa.


El verlo le trajo todos los recuerdo a su cabeza.


18/08/2004

Graciela era una mujer de 22 años, hermosa, ojos oscuros y brillantes, piel blanca y tersa, muy bonita figura aunque tenía, según ella, muchas libras de más. La idea de todas las mujeres.


Roberto nunca supo desde cuando ella conocía a Miguel, solo supo que existía después de su muerte. Toda la vida vivieron con su tía. Ella había muerto al ser arrollada por una bicicleta al venir del mercado. Hace 10 años. Desde entonces él fue responsable por ella. Roberto tenía 28 años.


Aquel día él había salido a trabajar como siempre. Ella se quedaba sola, sus estudios de secretariado ya habían acabado y estaba buscando empleo, sin encontrarlo. En este mundo hace falta tener muchos amigos que te echen la mano y ellos tenían muy pocos. El resto solo quería aprovecharse de ella. Era viernes y este día siempre lo descansaba.


Roberto sabía que veía a alguien, a veces encontraba mas platos sucios de lo normal, cacerolas usadas y dos vasos sucios. Le parecía curioso, pero había aprendido a vivir y dejar vivir. No quería que ella se sintiera controlada por él, realmente la quería y habían conversado bastante como para que ella tomara una buena decisión acerca de con quien le convenía o no entablar amistad. Eso no le preocupaba.


Ese día había sido duro. Al regresar a su casa solo quería coger una cerveza del refrigerador y ver televisión. Siempre había alguna pelea o algún partido de football en el cable. No aguantaba por llegar.


La puerta estaba cerrada como siempre y hasta ahora venía mas distraído pensando que haría el día siguiente. Creía que ya necesitaban un cambio de aires y que irían a la playa a divertirse. Su amigo Salvador tenía vehiculo (un Toyota 1000 año 81) y creía que podía convencerlo.


Su costumbre era entrar sin decir nada y buscar a su hermana quien no tenía un lugar fijo a esa hora, odiaba la televisión así que era muy raro encontrarla viéndola. La televisión estaba encendida y nadie la veía. A Roberto le pareció raro y el primer señal de alerta se disparó y sus palpitaciones aumentaron tan solo un poco y su temperatura bajo otro tanto. Apenas se percató de ello.


Ignorando la alarma se caminó a la cocina y mientras se dirigía hacia allí, a su nariz llego un olor dulzón que no supo reconocer concientemente, pero la segunda señal de alarma se disparó, esta vez el corazón no respondió y la temperatura se mantuvo. El subconsciente no estaba seguro pero creía que era…


Abriendo el refrigerador se encontró con que no había cerveza.


— Maldición. Lo que me faltaba – masculló Roberto para si mismo.


Buscó una Coca-Cola y la botella retornable de 2 litros yacía el fondo esperando que la devoraran, cogió un vaso sucio y lo enjuago en el lavadero. Lo seco contra su camisa y vació un poco de la bebida. Estaba muy helada. La bebió casi por completo de un sorbo. Sus ojos recorrieron la cocina y todo parecía estar en orden, excepto los vasos, los platos y cubiertos. Había demasiados sucios.


« Visitas otra vez, tengo que averiguar quien es »


No sospechaba de nadie. Su hermana había sido muy cuidadosa guardando el secreto y él no tenía intenciones de preguntárselo, pero ese día había surgido la idea, viniendo quizás de las dos alarmas que se encendieron en su cabeza. Algo en esa relación le preocupaba.


— Grace, ¿Dónde estás? – decía Roberto mientras salía de la cocina, bebía el resto de la Coca-Cola y se dirigía a su recamara a quitarse los zapatos y la camisa.


Entonces las vio. Gotas de sangre ¡No! Chorros de sangre. Múltiples gotitas que había caído una sobre otra hasta hacer una mancha muy grande de color rojo oscuro. Roberto se petrificó y miró con ojos abiertos de par en par y la alarma final se disparó con su color rojo sangre encendiéndose y apagándose como luz de patrulla de caminos. Pasaron unos segundos eternos que Roberto no olvidaría jamás. Quizás fueron minutos.


Pensó mil cosas en un milisegundo y su corazón latió un número igual de veces. Su cuerpo estaba congelado y una brisa que venía de ningún lado lo despertó lo suficiente como para mover al cabeza y observar que se dirigía hacía la recamara de Graciela. Entonces reaccionó. Con sumo cuidado movió un pie tras otro dedicándole toda su atención a esta acción como si solo tuviera ese miembro. El vaso aun estaba en su mano. Se había olvidado de el y parecía como si se hubiera fundido a su mano, lo sujetaba con mas fuerza de la necesaria y temblaba justo como él.

Al llegar a la puerta y ver el pomo cubierto de sangre, casi agradeció a Dios que la puerta estuviera entreabierta. No quería tocarlo. Su respiración había aumentado a 40 respiraciones por minuto y su cabeza había empezado a palpitar al mismo ritmo de su corazón.


«Dios… ¿Qué es esto? »


Quizás ese fue su último pensamiento cuerdo. Empujo la puerta y la vio. Yacía boca abajo, desangrándose por sus muñecas y su blancura contrastaba con la sangre que la rodeaba. Llevaba unos shorts que dejaban ver sus piernas torneadas y hermosas… y blancas como papel. El vaso se deslizó de su mano y se hizo añicos contra el suelo. El sonido lo despertó esta vez.

De un salto llegó hasta ella, tomándola de sus hombros y dándole vuelta, se oía su respiración débil y dificultosa. Estaba muriendo.


— ¡Grace! ¡Grace! – Gritaba Roberto — ¡Maldita sea! ¿Por qué Grace!


La sacudió un par de veces para que reaccionara y aun no se daba cuenta que debía detener la hemorragia.


— ¡Despierta Grace! ¡Vamos no lo hagas! – decía con voz casi molesta.

— ¡Despierta! ¡Despierta!

— Mi….. Mi.. Miguel… – susurró Graciela.

— ¿Qué?

— Miguel….


Reaccionó. Corrió a la cama y cogió una toalla y una funda de almohada para detener la hemorragia y sin verla a la cara, amarró una en cada muñeca lo mas fuerte que pudo. Sus miembros estaban flácidos y helados.


Volvió a su rostro y le habló de nuevo.


— ¡Grace! Vamos…


No hubo respuesta y lo supo. En ese momento lo supo. No se salvaría. Saltó sobre ella y corrió al teléfono. Llamó a la ambulancia que tardó 7 minutos en llegar. Una eternidad para la mente de Roberto que estuvo con ella todo el tiempo, sin poder hacer nada mas que apretar y esperar.


Cuando los médicos la revisaron dieron un rápido veredicto. Muerta.


Roberto empezó a caminar hacia Miguel con aire decidido cuando por primera vez escucho la voz de su hermana.


«No lo hagas»


Se sobresaltó y se detuvo a mitad de la calle.


« ¿Qué demonios fue eso? »

« No le hagas daño »


Tuvo miedo. Su hermana hablándole. No podía ser. Ella estaba muerta y el responsable estaba a 20 metros de él. Ese temor momentáneo le sirvió para darse cuenta de algo. Miguel no se dirigía hacia su casa… iba hacia el pueblo.

El miedo renació, pero por otra causa. Y retrocedió.


« ¿A dónde vas maldito?… ¿A dónde vas? »


Pensó en seguirlo, pero desistió, a fin de cuentas tenía que volver y pasar por esa calle, TENIA QUE PASAR POR ESA CALLE.


19/08/2004

El alumbrado público ya estaba funcionando y el lugar donde se había detenido no parecía brindar suficiente protección de los curiosos, así que decidió caminar un poco hacía la casa de Miguel. Solo un poco. Solo hasta donde ya no hay alumbrado público. Y esperar….


Y sí esperó… fueron 128 minutos largos y tortuosos. El viento y el frío se lo comía vivo. En este momento deseaba tener un grueso abrigo como el de los esquimales. Pero no era así. Deseo que hubiera alguien esperándolo en su hogar. Pero tampoco era así. Deseo estar en otro lugar. Pero estaba allí.


Graciela le decía que tenía la capacidad para estar en el lugar justo en el momento equivocado y así era. Un día al volver del trabajo, decidió caminar las 15 cuadras que lo separaban del hogar, solo para encontrarse con el asalto a un hombre a las 4 cuadras, al principio no creyó que fuera algo parecido, pero cuando el asaltante se precipitó sobre el anciano dándole un golpe en la cabeza y lanzándolo al suelo, entendió. En ese momento el sujeto, que parecía la sombra de algún árbol, lo vio y alzó la mano para dispararle sin causa aparente. Solo porque pasaba por allí. Roberto corrió y corrió, oyó 3 disparos y uno le pasó rozando la oreja sin llegar a tocarlo y el tibio resultado se dejo sentir entre las piernas. No paró de correr hasta llegar a casa. Graciela no estaba y le dio gracias a Dios por eso. No quería que lo viera así, se baño y se tomo 5 cervezas antes que ella llegará, pero pareciera que aun seguía blanco porque ella lo notó.


— Hola Robbie… llegaste temprano.

— Si, si… es que… cancelaron el último viaje.

— ahhh – dijo ella mientras se dirigía a la cocina – Robbie, ¿te acabaste el six pack?

— Si, tenía sed – dijo él mientras veía a su hermana poniéndose frente a él sosteniendo el plástico que unía las seis latas.

— No deberías be…. ¿Qué te pasa?

— Nada… nada… solo un pequeño problema – respondió sin dejar de ver la televisión para que no viera que sus ojos casi se llenaban de lagrimas. Estaba asustado. Nunca le habían disparado.

Se lo contó, lo mejor que pudo, sin sollozar; omitiendo claro el hecho de que se orino en los pantalones y que lloró mientras tomaba su ducha.


— Espero que esa mala suerte no sea cosa de familiar – le había dicho, acercando su cabeza a su pecho para consolarlo.

— No, espero que no.


« Me quería… realmente me quería »


Pero al parecer la mala suerte sí siguió a la familia. Y todo por Miguel.


No tardó mucho en averiguar a quien estaba viendo su hermana, ni en saber que la visitaba muy a menudo en casa y que pasaba allí largas horas. Roberto podía imaginarse perfectamente bien que es lo que pasaba en la recamara de su hermana… o en el baño… o en la sala… quizás hasta en su recamara.


Los vecinos habían visto al joven, aunque nadie dijo nada a la policía. Pero a Roberto sí. Averiguó donde vivía a la semana y la siguiente ya sabía donde trabajaba y a que horas salía. Era mecánico. Un muy mal mecánico.


Su hermana lo había conocido un día que llegó a buscar trabajo en un despacho contable que estaba a 5 casas del taller, sin resultados, claro. Ella había ido a almorzar al comedor que estaba frente al taller y allí estaba Miguel, sucio y desaliñado. Roberto nunca averiguó que le atrajo de ese tipejo débil y estúpido.


Ella se enamoró. Y cedió. El se aprovechó y no quiso hacerse responsable de sus actos. Su hermana estaba embarazada de dos meses. Eso se lo dijo el forense.


Al oírlo, en su piel se mezcló el calor de la rabia con el frío del espanto. Por un momento se olvidó que el sabía que había alguien, pero lo recordó y entonces entendió todo. Su hermana estaba embarazada, se lo había dicho al donador de esperma y el muy bastardo la había rechazado, ella no lo soportó y se suicidó. Y él había sido tan ciego que no se dio cuenta de lo que estaba pasando a su hermana. Quizás había visto un destello de preocupación en sus ojos mientras servía la cena, quizás los ojos un poco rojos por lo mañana después de llorar por la noche, quizás no se había dado cuenta de nada.


Y las lágrimas fluyeron. Allí agazapado en la oscuridad y en silencio lloró, como si fuera un chiquillo que amenazan para que deje de llorar, y el viento y el frío se dedicaban a disfrutar el roce con ese tibio líquido que surgía de sus ojos. Parecía como si las ráfagas se dirigieran a ese punto para disfrutar cada gota, para beberla y rociarla por todas partes. Viento Maldito.


Sus lágrimas dejaron de fluir antes que Miguel apareciera a 190 metros por la carretera. Era él. Ya había pasado muchas personas por esa calle y quizás lo mas que pensaron fue que un borracho se había caído al lado de la calle y curiosamente ni un solo vehiculo pasó en todo el tiempo que estuvo allí. Roberto se encomendó a Dios.


« En el Nombre de Dios que todo salga bien »


Roberto sonrió. Pedirle a Dios que le ayude a matar a alguien. Eso si es divertido.


Fueron las últimas luces las que le permitieron distinguir a Miguel, después de ese foco, ya no había más. Se tiro al piso y esperó. Fueron 3 muy largos minutos de palpitaciones fuertes y de sudor helado.


Se imaginó voló de nuevo pero hoy se imaginó saliendo de la penumbra de un salto, cogiéndolo del cuello son su antebrazo como roble y clavándole la navaja justo en el estómago, dejando que la sangre purificara la hoja afilada de su navaja. Cuando tomó la decisión de acabar con la vida de Miguel, se le ocurrió por un momento usar el mismo cuchillo que uso su hermana, pero desistió. No quería que se mezclara nada de ese tipo con su hermana.


Lo vio. Era solo una sombra, pero no cabía duda que era él. Estaba justo enfrente, a no más de un metro y medio, absorto en sus pensamientos supuso Roberto. Sus ojos se habían acostumbrado tanto a la oscuridad para ese momento que casi podía distinguir su rostro, su camisa casual y hasta creía que sonreía. Roberto si sonrió. Se puso de pie y comenzó a imaginarse muy divertido que el “tipejo idiota” no tenía ni idea de lo que le esperaba. Una carcajada se abría paso a través de su garganta para salir a borbollones por su boca, él intentó detenerla pero solo consiguió atragantarse, se agacho queriendo controlarse y en ese momento tosió una vez. En la oscuridad de la noche, el sonido pareció provocar un eco que para Roberto pareció eterno.


« Maldita sea. Ya sabe que estoy aquí »

Irguió su cabeza y amagó el primer paso, justo en el momento en que dos siluetas pasaban junto a él…


« Maldición, maldición, maldición »


pero no lo vieron. La navaja ya estaba en la mano de Roberto y dio gracias a Dios por no dejar que la luna brillara esa noche. Estaba muy nublado.

Se adelantó unos pasos detrás de los dos sujetos, manteniendo la distancia e intentando no hacer ruido, manteniéndose siempre oculto a las sombras de la orilla de la calle. Avanzó un poco más y escuchó la voz de una mujer y el odio subió dos puntos más en su odiometro… si es que podía subir más.


« No lo volverás a hacer, tengo que detenerte »


En ese momento Roberto se sintió como un héroe, de esos de los comics…


« SuperRob, defensor de la inocentes mujeres y vengador de los suicidios »


Una risa nerviosa quiso escaparse esta vez, pero lo contuvo con mucho más éxito que la anterior.


— … veo después. Cuídate. – dijo la voz femenina.

— Adiós – dijo la voz de un hombre que no reconoció.


Se quedó quieto, como león al acecho y esperó a que pasaran.


— Me gusta – susurro la mujer a su acompañante que desde donde estaba parecía realmente grande.

— A mi no – respondió el tipo

— Celoso – dijo la chica, era una chica… no tenía voz de mujer aun.


Roberto vio como una sombra se acercaba a la otra y parecían fundirse en una sola, seguramente lo abrazaba.


« Es su hermano »


Se dio cuenta que realmente se sentía SuperRob, defensor de las inocentes mujeres y vengador de los suicidios. Esta chica podía sufrir la suerte de su hermana. Se vio reflejado en esa pareja de hermanos que caminaban por la calle, ajenos al destino que les esperaba si cruzaban su camino con ese “tipejo idiota” con el que acababan de hablar.


« No puedo esperar mas »


Salió con decisión de su escondite y empezó a caminar, sin importarle el ruido que hacía sus pasos.


« Escucha maldito, voy tras de ti y no hay nada que puedas hacer. Ni siquiera lo imaginas»


La presa, el “tipejo idiota”, estaba a unos metros de él y una luz colgada en la parte exterior de una casa se acercaba a él. No era el momento. El lugar no era perfecto. Se encontraba en la orilla de una calle que parecía pavimentada no hace mucho y estaba flanqueada por dos paredones de tierra de unos 3 metros de altura y la única casa por esa zona era la que estaba a punto de alcanzar. Después de eso…nada. Decidió esperar.


24/08/2004

Miguel llegó a la luz y fue posible verlo claramente, parecía que caminaba por la orilla de la calle de manera distraída y que atravesaba el rayo como un fantasma. Lo perdió de vista por un momento. Roberto caminó acercándose y a escasos 4 metros del haz de luz…


« ¡No! »


La voz de su hermana le golpeó con tal fuerza su corazón que tuvo que detenerse de golpe


« Robbie, no lo hagas »


Dudando de su cordura Roberto intentó responderle.


« El te hizo daño… tengo que hacerle lo mismo »

« El no lo hizo, lo hice yo Robbie »


La voz mental parecía entonar con un ritmo melodioso las frases. Para Roberto era angustiosamente relajante.


« ¡No! Fue él, fue él. El tuvo la culpa, si hubiera sido hombre nada de esto hubiera pasado. Estarías aún conmigo »

« ¿Estás seguro Robbie?


Roberto no pensó en la respuesta. No estaba seguro en absoluto, pero si estaba seguro que las cosas serían diferentes. Aún seguiría teniendo a su hermana junto a él. Una sensación le decía que de todas maneras habría perdido a su hermana, se habría ido a otro lugar, pero eso no era perderla para siempre. Eso no era eterno. Se imaginó, mientras los segundos avanzaban rápidamente, sosteniendo a un precioso bebe con la piel suave y unos escasos cabellos, unos ojos inocentes y de color miel que no importaba que se oscureciera con los años, sus minúsculos dedos moviéndose y la expresión de felicidad cuando le hacía cosquillas. Él sabía que habría sido un maravilloso tío, ¡maldita sea! Sería un padre para él.


« ¿Estás seguro Robbie? »

« ¡Cállate! ¡Cállate! »

Se cubrió los oídos en un intento de alejar la voz, pero era imposible. Para este momento el odiometro había cedido un par de puntos al miedometro, empezaba a pensar si no se habría vuelto loco con la obsesiva idea de la venganza.


« ¿Estás seguro Robbie?…¿Estas seguro? »

« ¡Déjame! »

« Robbie, ¿Estás seguro? »

« ¡Cállate! »

« ¿Estás seguro Robbie? ¿Lo estás? »

« ¡SIII! ¡Maldita sea! ¡Si estoy seguro!, Ese maldito bastardo te mató, ¡TE MATÓ! »


El pensamiento se alejó haciendo eco y a voz se calló. Sintió que había exorcisado sus demonios y que la voz que escuchaba no era más que su conciencia intentando detenerlo. ¿Para qué? Aún con todo el odio que envolvía el corazón de Roberto, no estaba completamente seguro que lo que estaba intentando hacer era lo correcto. ¿Por qué tenía que suicidarse? Esa era la pregunta que se hacía Roberto desde hace 5 meses, él la habría ayudado y nunca la habría dejado sola, ¿Por qué? La respuesta no vino de su conciencia, vino de un lugar oscuro que ya había explorado muchas veces, pero, al igual que su alma, no sabía donde estaba ubicado, pero la sensación nació en sus entrañas, subió por espina dorsal y llegó a su cerebro…


« Por él »


El odiometro no solo recupero los puntos perdidos, sino que le sumó uno más debido a la rabia de que se le escapara y eso fue suficiente. Los segundos habían pasado durante la conversación consigo mismo y cuando empezó a moverse de nuevo, atravesando la luz, se dio cuenta que Miguel ya no estaba a la vista. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un minuto? ¿Diez?


« Maldito seas, no te me vas a escapar »


No vaciló ni un segundo y empezó a correr como si tras él viniera una jauría de lobos hambrienta, quizás mas rápido. Devoró los metros a velocidad sorprendente, hasta se imaginó ganando los 100 metros planos en las olimpiadas. ¡Que va! Incluso ganaba los 400.


« Y el ganador es, con nuevo record mundial… Roberto, defensor de las inocentes mujeres y vengador de los suicidios »


La luz de la casa de Miguel estaba encendida y lanzaba los rayos a la calle que dibujaba formas retorcidas que se movían siguiendo el capricho o las ordenes del viento. Se unían y se separaban en una danza macabra que parecía ocupar la calle. Por un momento creyó que Miguel había llegado hace horas a su casa y hasta había encendido las luces exteriores, pero no disminuyó su velocidad. Cuando ese vals de sombras estuvo mucho mas cerca, escuchó la explosión de unos pasos al iniciar una huida.


« Sigues aquí »


Corrió aún más rápido. Los segundos pasaron como escenas de películas recortadas. Miguel apareciendo en la luz corriendo hacia la entrada. El sonido del portón al ser arrojado a su lugar. La silueta de Miguel moviéndose a toda velocidad corriendo hacia arriba. El tropezón con alguna hoja y Roberto chocando contra el portón y volviéndolo a la velocidad real.


« Demonios »


No había perdido más de medio segundo, pero le dolió perderlo tanto como fallar al número ganador de la lotería por un número… correlativo. Tiró del portón con toda su furia abriéndolo de par en par y acelerando tanto como sus piernas podían, su condición física era excelente y a pesar de la apresurada carrera respiraba casi normalmente y la diferencia no era por el cansancio, era por la rabia. En el momento en que llegó a la cima logró ver que Miguel lograba abrir la puerta, la empujaba y cuando lograba hacer desaparecer su cuerpo tras de ella Roberto estaba a 2 pasos y no intentó detenerse. La idea inconciente era golpear con su cuerpo la puerta y lanzar a Miguel hacía atrás y entonces estaría perdido. Pero no fue así. Al estar a escasos 20 centímetros de la puerta y estar corriendo a toda velocidad, escuchó el sonido sordo de la puerta metálica casando la cerradura y casi de inmediato como las barras de metal crujían ante el descomunal golpe que recibía al chocar un cuerpo humano contra ella. Apenas rebotó, y el dolor fue intenso, creyó que se había dislocado el hombro o se había roto algún hueso, pero no dejo escapar ni el más mínimo gemido. Caminó hacía la izquierda de la puerta sobándose el brazo y agachándose y fijando su atención en sus zapatos cafés de hace dos años para distraer la atención. Después de unos segundos logró mover el brazo y se sintió aliviado de no tenerlo dislocado o roto, aunque no quiso imaginarse la mancha morada que tendría al día siguiente.


Se irguió y caminó frente a la puerta hacia la derecha, con más odio aun (si es que podía sentirlo), mirándola fijamente como si ella fuera la causante de todos sus pesares. Pero lo que hacía era imaginarse a Miguel escondido temblando bajo sus sabanas y la idea le pareció divertida. Sonrió.


« Estás cagado de miedo… y eso nadie te lo quitará »


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